Theo Adam, el ocaso del último roble


No tenía una voz bella, había un rasgo salvaje y aterrador en su caudalosa sonoridad que contrastaba con una presencia tan inmensa como afable. A sus 92 años, su desaparición señala la caída del último gran árbol del Nuevo Bayreuth que reverdeció Wagner después de la guerra. Theo Adam era un roble sajón.

Había nacido en Dresde donde fue niño cantor en el célebre Dresdner Kreuzchor hasta 1942. Como Dietrich Fischer Dieskau, en la feroz “guerra total” fue reclutado y salvado al ser tomado prisionero por los aliados. Al regreso, quiso ser maestro pero ganaron sus estudios de canto y en 1949 en la devastada Florencia del Elba debutó como el Ermita en Der Freischütz de Weber, pequeño papel que significativamente marcaría su adiós a las tablas medio siglo después, a los ochenta, en la esplendorosamente reconstruída Semper Oper.

Cinco mil representaciones y ciento ocho personajes en 55 años de carrera, y durante las décadas del 1960 y 1970, tres personajes que fueron sinónimo de Theo Adam: El holandés errante (que grabó con Klemperer), Hans Sachs (que grabó con Karajan) y Wotan (que grabó con Böhm).

En 1952 arribaría al festival wagneriano de Bayreuth para quedarse hasta 1980. Alli debutó como el maestro Ortel en Meistersingers y Rey Enrique en Lohengrin, luego fue el gigante Fasolt en el Anillo, Titurel, Amfortas y más tarde Gurnemanz en Parsifal, Marke en Tristan, Landgrave en Tannhäuser. Sin embargo, la consagración llegó con Wotan, que cantó trece veranos, Hans Sachs y el Holandés, su personaje mas frecuentado. Tres personajes que llevaban la impronta indeleble del inmenso, en todo sentido, Hans Hotter y que humildemente trató de heredar junto a su ilustre rival, el americano Thomas Stewart. Ambos fueron los máximos representantes de su generación, ambos totalmente opuestos. Si Adam era voz y temperamento desatado por momentos crudo, Stewart era el sofisticado representante americano del “método” del Actor’s Studio encarnado en el género lírico.

Antes y después de Bayreuth, fueron las óperas de Frankfurt, Düsseldorf, Colonia, Munich, Hamburgo, las dos de Berlín (fue dos décadas miembro del conjunto de la Staatsoper), La Scala, Viena (30 papeles y 250 representaciones), Covent Garden, Salzburgo, San Francisco, el Met (en el famoso Anillo “de Karajan”) y el Colón porteño como Amfortas en 1969. Y por supuesto, siempre Dresde que para sus 60 instituyó el Premio Theo Adam.

Además de Wagner fue especialista en Richard Strauss como el Baron Ochs en Rosenkavalier (que cantó en Salzburgo, Nueva York y la reapertura de la Semper Oper en 1985), Laroche de Capriccio y el maestro de música en Ariadne auf Naxos, donde el esencial parlando de los tres papeles iba como anillo al dedo al clarísimo alemán de Adam aprendido en el rigor coral de Bach y Mozart. No podía faltar el Pizarro de Fidelio que grabó con Böhm, Masur, Solti, Maazel y dos veces con Leonard Bernstein, ni Kaspar de Freischutz que grabó con Carlos Kleiber, Felipe II en Don Carlo, Figaro, Sarastro, Don Giovanni, Don Alfonso, Gremin, Wozzeck, Dr. Schön y luego Schigolch en Lulu, el Moisés de Schönberg e incluso Boris Godunov -en alemán y orquestada por Shostakovich- junto a su compañero de coro, colega y vecino Peter Schreier y su virtual sucesor, el dresdeniano René Pape, de niño también integrante del Kreuzchor.

Le compusieron Baal de Friedrich Cerha (1980), Einstein de Paul Dessau (1974) y el personaje de Próspero en Un re in ascolto de Berio (1984), tampoco olvidar La muerte de Danton de von Einem, Carlos V de Krenek y Penthesilea de Schoeck o sus incursiones en oratorio como Elias de Mendelssohn y el Requiem de Guerra de Britten.

Todos se han ido, Birgit Nilsson, Astrid Varnay, Martha Mödl, Leonie Rysanek, Régine Crespin, Wolfgang Windgassen, Hans Hotter, Thomas Stewart, Dietrich Fischer Dieskau, James King, Gustav Neidlinger, Ramon Vinay, Wilhelm Pitz, Jon Vickers, Gottlob Frick, Josef Greindl y ahora Theo… Sólo podemos intuir el banquete en el Walhalla atronando con sus voces y carcajadas.



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