Soy alguien que también murió cuando el avión se elevó sobre La Habana


Orlando González Esteva es el poeta por excelencia; para quien, cada segundo, es un acto, una revelación poética. Conductor de la revista radial Entre Nosotros, que emite Radio y Televisión Martí, este comunicador incansable comparte esta semana con los lectores de Dile que pienso en Ella…

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

La realidad es que no me marché de Cuba, que me fui con mis padres, mi hermano y mi abuela paterna a los 12 años de edad, de manera que la decisión fue de mis mayores, aunque yo estaba al tanto de lo que sucedía en la isla y comprendía la preocupación de los míos ante la posibilidad de que mi hermano y yo creciéramos en un país tan distinto al que ellos habían soñado para nosotros.

Vivíamos en la planta alta del hogar de mis abuelos maternos. Mi abuelo, Mariano Esteva Lora, pertenecía a una familia enamorada del destino de Cuba desde los días de la Guerra de Independencia: era sobrino de los hermanos Lora, protagonistas del Grito de Baire. Había luchado contra Gerardo Machado, Fulgencio Batista y, apenas regresó de la Sierra Maestra el 1 de enero de 1959, advirtió a la familia que los nuevos líderes nada tenían que ver con las ilusiones que la mayoría de los cubanos se había hecho.

No tardó en conspirar contra el nuevo gobierno. Fue arrestado, juzgado y condenado a 12 años de prisión. El hogar fue identificado como “contrarrevolucionario”, mi padre expresó su deseo de abandonar el país y perdió su trabajo en el central azucarero vecino del pueblo. Luego de tres años de inquietudes, trámites y contratiempos abandonamos Cuba rumbo a México y, después de cuatro meses de estancia en ese país, nos trasladamos a Estados Unidos.

El detonante al que te refieres fue la catástrofe en curso, aunque por entonces no eran pocos los que aún perjuraban -renuentes a admitir que se habían equivocado o maleables hasta el envilecimiento- que habitaban un paraíso en ciernes.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

El país de los vaqueros y los pieles rojas que había admirado en los cines de mi pueblo y el televisor de mis abuelos. El país de más de un héroe de ficción como Superman y El Llanero Solitario; de algunos muñequitos: el conejo de la Suerte, el perro Pluto, el gato Silvestre, Mickey Mouse, Super Ratón y Popeye, además de los paisajes del viejo Oeste y Las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn. La idea del viaje no me inquietó demasiado, hasta emprenderlo.

¿Qué encontraste?

Encontré al adolescente que había comenzado a ser apenas me vi obligado a despedirme de la familia y los amigos que habían quedado en Palma Soriano. Un adolescente que no tardó en llenarse de nostalgia por la infancia perdida y por el mundo donde ésta había transcurrido. Un adolescente triste. Nunca me había visto rodeado de tantas personas que se abrazaran y me abrazaran llorando y balbuceando que, quizás, ésa sería la última vez que nos veríamos. Estamos en la calle Maceo, número 159.

Pocos días antes de partir, mi madre y yo habíamos vuelto a la Cárcel de Boniato a ver mi abuelo. Fui muchas veces a visitarlo con ella, mi abuela Cheché y mi tía Mercy –yo era el hombrecito de la casa–, pero mi madre me advirtió, cariñosamente, que no podíamos hablar del viaje porque ella no tenía valor para despedirse.

De vuelta a la calle: tan pronto el automóvil que debía llevarnos al aeropuerto de Santiago de Cuba se detuvo ante la casa corrí a meterme en él y esconderme detrás de los asientos delanteros para no tener que decirle adiós a mi abuela. Ahora era yo quien no se sentía capaz de despedirse de alguien. No tuve suerte. La escuché preguntar por mí desde el portal, llamarme insistentemente; la vi buscarme entre la gente que se agitaba alrededor de ella y en la acera, y no me quedó más remedio que abandonar mi escondite y correr a abrazarla. Fue un desgarrón del que jamás sané.

Muchos años después, ya adulto, en Miami, continué eludiendo la posibilidad de despedirme de mis padres y mi hermano cuando me iba de vacaciones, aunque sólo fuera por un fin de semana, y me acompañara Mara (mi esposa), y nuestro destino no fuera sino otra ciudad de Estados Unidos, incluso una playa de la costa oeste de La Florida. El primer adiós había sido tan devastador que la sola posibilidad de exponerme a otro, por sencillo que fuera, era más alarmante que todo razonamiento.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que mi abuelo tuvo razón. Que mis padres hicieron lo correcto. Que nunca me fui de Cuba, aunque físicamente haya permanecido 54 años lejos de ella. Que alguien, que fui yo también, murió el 7 de julio de 1965, cuando el avión se elevó sobre La Habana, y que el otro que soy, el que ahora escribe estas líneas, nació aquel día, pero con una suerte de memoria prenatal de la que no ha logrado a desprenderse. Soy más, en lo esencial, el que murió que el que sobrevive.

¿Qué es para ti La libertad?

Cualquier definición que ensaye va a parecerme insuficiente o estar en peligro de ser una paráfrasis de una de las tantas definiciones, hermosas y justas, que han encontrado otros. Digamos, aunque sólo sea para inquietar a alguno, que la libertad es la razón por la cual José Martí, que tantas cosas objetó a Estados Unidos, decidió establecerse aquí y no en otros países de Hispanoamérica y Europa durante los últimos 15 años de su vida.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

No lo han cambiado: en mi caso específico dieron a luz ese concepto. De no haber vivido esas experiencias es muy probable que mi relación con Cuba no fuera la que es.

Si miro hacia atrás y repaso lo que ha sido mi vida, en todos y cada uno de los aspectos que mejor la definen, que más me recuerdan a mí, pudiera concluir –no sin temor de que se me malinterprete: no es una cuestión de patriotismo, en el sentido más común del término, sino de algo más sutil– que en nada he pensado ni pienso más.



Source link

SiteLock
Facebook