Sergio Ramírez: “Quiero transformar las cifras en rostros”


Al momento de realizar esta entrevista al escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, su país vive una crisis política y una tragedia humanitaria. Sorprendidos por la insurrección no-violenta de vastos sectores de la sociedad, Daniel Ortega y Rosario Murillo desataron una de las campañas represivas más despiadadas de la historia latinoamericana, ciertamente la más cruel de que se tenga memoria en Nicaragua. Bandas de sicarios operan a plena luz del día, con la bendición oficial del régimen; antiguos héroes revolucionarios y activistas de derechos humanos son encarcelados; el asedio a la Iglesia Católica es constante. Todo esto en nombre de lo que es, según Ortega y Murillo, una continuación de la revolución sandinista de los ochenta, esta vez transfigurada en “cristiana y socialista”. Sergio Ramírez Mercado fue un participante destacado de aquella revolución, y llegó a ocupar el cargo de vicepresidente de la república en 1984-1990. Se alejó del FSLN a mediado de los noventa, tras intentar sin éxito reformar al partido, y poco después se retiró de la competencia política. Ha sido por años crítico de Ortega, y se ha posicionado claramente a favor de la protesta popular y de los reclamos de democracia que agitan Nicaragua. Ganador del Premio Cervantes en 2017, su más reciente obra es la novela Ya nadie llora por mí, en la que una vez más incursiona, por los vericuetos del género policial, en el submundo corrupto de un edificio social construido sobre —más bien, entre— los escombros de la revolución.

Comencemos esta entrevista hablando de libros: ¿Qué libros te hacen sentir “orgulloso de haberlos leído”, para recordar las palabras de Borges?

Bueno…mi formación es ya de larga data. Mi intención era formarme como cuentista, ser un cuentista; pues, obviamente, comencé a leer libros de cuentos. Mis autores fundamentales en ese tiempo eran: Chejov, por supuesto; Maupassant; Flaubert. Leí mucho a Quiroga, también, que era un gran maestro del cuento; luego a Rulfo, quien significó una verdadera transformación en mi vida, para ver lo que era el mundo rural y las expresiones literarias, las verdaderas expresiones literarias del mundo rural que cambiaban la tradición vernácula. Y luego, cuando entré a leer novelas, porque me di cuenta que también podía ser novelista, la dirección de mis lecturas cambió y fueron fundamentales para mí el mismo Rulfo, Faulkner, Hemingway, Dostoievski, Tolstoi…ese tipo de lecturas que podríamos llamar clásicas.

A mí (mal lector) me ocurre que encuentro ciertas obras clásicas intragables. ¿Te ha pasado?

Bueno… (ríe)… eso llega a ocurrir y hay libros… hay distintas clases de lecturas… Están los libros que fascinan en la temprana juventud. A mí me paso con El infierno de Henri Barbousse, o con La Madre de Gorki, que cuando regresé a ellos me parecieron abominables… porque eran libros de tesis, o como la Madre, un libro bastante esquemático, sin complejidad entre el bien y el mal. Y libros que leí con descuido que al volver a ellos me encantaron… Y libros que nunca terminan de ser fragosos; yo creo que una lectura como el Ulises de Joyce siempre es experimental. No creo que nadie pueda decir: “me senté a leer de cabo a rabo el Ulises y lo leí en 3 días, y lo disfruté muchísimo”. No es ese tipo de libros. Creo que es un libro para iniciados y un libro del que se podría prescindir; y no digo esto por ignorancia, sino porque las referencias a Joyce ya están en el ambiente literario, ya hay un Joycismo incorporado en lo que uno lee, y en la tradición literaria.

Escribiste poesía en los inicios de tu carrera; luego te volcaste a la narrativa, pero entiendo que tu costumbre es leer solo poesía mientras estás escribiendo una novela.

Si… bueno, yo probé que no era un buen poeta, y cuando me encuentro con mis primeros poemas aparto la vista o cierro la revista donde los encuentro impresos o alguien tiene la maldad de enseñármelos. Yo sentí que estaba dotado para la narrativa. Sin embargo, la poesía es un estado literario, más que una forma de escribir. Yo siento que la poesía siempre está incorporada a la prosa. En la medida en que uno busca un ritmo, una melodía, la prosa debe llevar ese ritmo y esa melodía, y uno se da cuenta cómo puntea musicalmente a medida que escribe, y va buscando como en una partitura musical dónde está la melodía y dónde está ese ritmo que tiene que ser sostenido. A mí me pasa que esas señales de ritmo y melodía las encuentro, mejor que nada, en la lectura de poesía, volviendo muchas veces a los poetas que yo siempre he leído. Darío tiene un gran sentido del ritmo, que se puede copiar a la prosa, a pesar de haber sido también un prosista de primera categoría él mismo. Y vuelvo a poetas como Constantine Cavafy, que siempre me ha gustado muchísimo leer, o a la Zymborska, polaca que también es para mí un descubrimiento de los últimos diez años. Entonces…yo creo que no solo por el ritmo y por la melodía, sino también porque leer poesía es como pelar una cebolla, que uno se encuentra que tiene distintas capas, distintos significados, y que puede llegar a ellos uno tras otro.

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Alguien ha remarcado, creo con bastante acierto, que Ya nadie llora por mí es un libro “coral y platicado”. ¿Cómo se llega a esta escogencia?

Bueno, eso depende de las necesidades. Yo creo que cada libro tiene su propia necesidad de expresión y uno debe buscarla y hallarla y escribir el libro en esa clave. Quizá una clave no es siempre la misma, o seguramente la clave no es siempre la misma para todos los libros. A mí me pareció que este libro, su clave era oral, y que a mí me interesaba mucho despertar en sus páginas la fascinación que yo siempre he tenido por el lenguaje oral en Nicaragua, que yo escuchaba desde niño y que está compuesto de distintos elementos. Mi lenguaje de la infancia es un lenguaje muy rítmico, muy siglo de oro, digamos, porque había muchos términos represados, arcaicos, otros que vienen del habla indígena que también tiene su propia melodía. Y luego mi lenguaje juvenil, el de la universidad, el que fui aprendiendo después…Los recuerdos de todos esos lenguajes y el habla diaria me dijeron “aquí tiene que haber distintas voces que son las que cuentan la narración”, no el narrador mismo, sino estas distintas voces que se conciertan para irse alternando en el dialogo, en las contradicciones; revivir eso que para mí es el habla popular, y reinventarla, porque el habla es muy elástica, de manera que uno puede inventar términos e incorporarlos a esa corriente del habla y camuflarlos. Es decir, uno es un creador de palabras, de términos, de expresiones, siempre, ¿no?

En Ya nadie llora por mí se nota un cierto deleite por lo curioso, que en ocasiones acerca la narrativa a lo caricaturesco, como la pompa retórica de Vademécum, y como el nombre del motel El santo remedio. ¿Es esta la “realidad” vista con el ojo “fotográfico” del autor, o un recurso estilístico heredado de la tradición realista mágica?

(Ríe) En cuanto a los nombres comerciales…yo recuerdo que aprendí a leer muy niño, tendría tres o cuatro años, y mi padre me llevaba (me traía) a Managua desde Masatepe; y mi diversión, y lo que le encantaba a mi padre, es que yo fuera leyendo los anuncios comerciales. Desde entonces los anuncios comerciales me han fascinado mucho, y cerca de Masatepe hay una farmacia que siempre me divirtió, por el nombre, que es Santo Remedio. Y yo dije, “va a ser más divertido si en lugar de darle ese nombre a una farmacia en una novela, pues se lo pongo a un motel, ¿no?”. Ese juego humorístico con las palabras, pues, que sigue siendo parte de mi fascinación… Pero olvidé la primera parte [de la pregunta].

Bueno, que hay un cierto deleite por los detalles curiosos…

Sí, yo creo que siempre ha sido parte de mi aparato de narrador el deleite que siento por los detalles, por las minucias. A mí me parece que es muy cierta una máxima de la literatura que es que la narrativa no se vale de lo general sino de lo especifico. Entonces, en las especificidades, en los detalles, es donde está el verdadero deleite de la narración.

Me llamó mucho la atención la figura de Lord Dixon en Ya nadie llora por mí; me pregunto: ¿Qué tan amigo es el narrador de Lord Dixon? ¿Confidente, alter ego, escudo, cameo?

(Ríe) Antes de responderte eso, en la parte primera se me olvidó una idea que tiene que ver con tu pregunta, que es que la forma de hablar de alguien como Vademécum responde a esa prosopopeya que mucha gente en Nicaragua usa para hablar. Son estilos un tanto retóricos, un tanto pagados de sí mismo que nosotros oímos en un país donde no hay silencio. Porque eso me parece que es la característica del lenguaje: en Nicaragua no hay silencios. Guatemala es un país lleno de silencios. Entras en una plaza, en Chichicastenango, y te encuentras esos hombres de piedra, esas mujeres de piedra que nunca hablan, ¿no? Eso es parte de la tradición. En Nicaragua no. Nicaragua es un país coral, porque todo el mundo habla al mismo tiempo. Entras a una cantina y la gente grita como que se están peleando y están teniendo en cambio una discusión muy cordial, una conversación muy cordial. Y hay distintas maneras de hablar, pero lo que no hay es silencio. Por eso cada uno de estos personajes tiene su propia manera de expresarse, y eso de que en una conversación en Nicaragua nunca hay un “no”. Preguntas algo y nadie te dice “no sé”. Eso no es parte de nuestro lenguaje. Siempre respondes algo.

Todas las explicaciones son largas y tendidas

Sobre lo que sea (ríe). También es que es muy caribeño eso. Sobre lo que sea: nadie tiene la humildad de decir “no sé”, sino que improvisa la respuesta. Y por eso es que parece que todo el mundo fuera especialista en Astronáutica o en Astrofísica, ¿no? Porque nadie se queda callado. Pero bueno, fuera de eso, volviendo a lo de Lord Dixon: yo creo que Lord Dixon y el inspector Dolores Morales son alter egos entre ellos mismos y son alter egos míos. Yo creo que, claro, uno se esconde detrás de sus personajes, pero habla por ellos. Eso que pudiéramos llamar la conciencia crítica de los dos, que expresa lo que yo expreso.

Y Lord Dixon trae el sarcasmo y la sorna…

Además, me parece que como método de escribir es una manera de poner distancia entre los hechos que estoy narrando y yo mismo. No involucrarme en los hechos. No entrar en la crítica directa y meterme en los personajes yo mismo, porque eso parece que siempre viene a resultar algo peligroso, si no que esa distancia de la ironía y del sarcasmo…lo pongo en boca de ellos, pero obviamente soy yo el que estoy hablando…

Has dicho que la política te dio la experiencia, valiosa para cualquier escritor, del poder. Sin embargo, has escogido narrar el poder a través de historias que ocurren en la periferia de su influencia, obviando el drama que ocurre en su centro, el fenómeno del poder como tal (La fiesta del chivo se me viene a la mente). ¿A qué se debe esta distancia literaria de una experiencia que en lo personal te fue tan cercana?

Yo creo que es una manera de escoger los ángulos. A ver: yo, desde que era muy joven, me topé con lo que se ha llamado “la novela del dictador latinoamericano”, y claro, me encontré al principio con El señor presidente, de Asturias, y era fascinante ver como en esa novela, que es sobre Estrada Cabrera, Estrada Cabrera es casi un personaje ausente. O como en Los comediantes de Graham Greene, si recuerdas, pues, “Papa Doc” Duvalier es nada más una sombra que pasa de lado, mientras que el drama se centra en otros personajes que podríamos llamar secundarios en el entramado. Pero allá por los años setenta yo me leí un libro no muy conocido, que se llama Ecce Pericles de Rafael Arévalo Martínez, que es una crónica de la dictadura de Estrada Cabrera que es fascinante, porque es el retrato verdadero del dictador. Me la leí primero, y después comencé a leer las novelas sobre dictadores que se hicieron famosas en esa misma época, como El Recurso del Método, de Carpentier, como Yo El Supremo, de Roa Bastos, o El Otoño del Patriarca, para mencionar tres de esa época, y me di cuenta que me fascinaba esa lectura, pero era contagiante. Es decir, transformar al dictador en un personaje mítico, mágico, solitario, que vive en su palacio abandonado, está rodeado de una corte un tanto fantasmal. Y cuando escribí mi novela de los años setenta, que la escribí en Berlín, ¿Te dio miedo la sangre?, yo lo que me propuse fue de hablar de eso que estás diciendo: meterme con la periferia, con los personajes secundarios, con los personajes que juegan en las esquinas más oscuras del tablero, que no definen el poder pero son víctimas del poder, esa victima que quiera o no quiera cae bajo y es machacada por el poder; y por eso en ¿Te dio miedo la sangre?, mis personajes son cantineros, miembros de un trío de guitarristas, bailarinas… ¿Qué tienen que ver con el poder? Nada, nada tienen que ver con crear poder, pero padecer el poder, sí… Pueden terminar en el exilio, pueden terminar muertos, a pesar de que no son personajes principales. Y es lo que traté de buscar cómo repetir en Sombras nada más, otra esquina oscura del tablero, donde cuando el poder no se ha definido en Nicaragua en el 79, un antiguo funcionario de Somoza es juzgado en un pueblo, en el pueblo de Tola, por un tribunal improvisado de guerrilleros, sin ninguna legalidad, sin ninguna norma de justicia, y es juzgado emocionalmente al extremo de que termina definiéndose su culpabilidad o termina definiéndose su suerte por si es aplaudido o no por el público (que eso verdaderamente ocurrió). Pero eso no tiene que ver con la entrada triunfal de los guerrilleros a Managua, con la toma del poder. Nunca se me ocurrió, o se me ocurrió, pero deseché la idea de una novela sobre el viejo Somoza, que es un personaje tan atractivo, o sobre el último Somoza. De manera que mi concepción de la narrativa sobre el poder, pues siempre ha sido esa.

Pareciera compartida por los novelistas nicaragüenses, porque el personaje del caudillo y tirano no aparece en sus obras.

Si. Hay novelas sobre el tema, pero sobre el personaje “tirano” como tal no te podría mencionar ningún ejemplo. Es cierto.

¿Se hace más fácil, o es nada más una escogencia estética, describir el gran drama del poder a través de personajes pequeños, que describirlo a través de los personajes “grandes” que en tu novela permanecen ocultos?

Pues, yo creo que a mí me resulta más atractivo que centrarme en la figura del tirano, del dictador, en sus excentricidades, en su propia crueldad, en su manera de ver el mundo, en su manera de ver el poder. Seguramente eso habría que resolverlo a través de un monologo, como se hace en algunas novelas, o de una aproximación de cámara muy cerca del rostro del dictador, de su entorno, de los serviles de la corte, de los represores que obedecen a ciegas sus órdenes, de las excentricidades… Pero bueno, ese es otro paisaje, ese es otro escenario. No digo que nunca se me ocurriría explorarlo. Te estoy hablando nada más de las preferencias que hasta ahora he podido formar.

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Sergio Ramírez en su casa de Managua, Nicaragua, luego de haber recibido la noticia del Premio Cervantes, en noviembre de 2017.

INTI OCON AFP/Getty Images

En épocas recientes, se habla (se ha vuelto, quizás, un dogma) de “caudillismo” casi como un rasgo genómico de la sociedad nicaragüense. ¿De verdad hay algo de especial en esa sociedad que, a diferencia de otras, la inclinaría a desdeñar la “institucionalidad” para seguir al “animal fuerte” de la manada?

Pero eso yo no lo veo como una especialidad, como un rasgo de un genoma de la sociedad, sino como resultado de las condiciones de esa misma sociedad, y de lo que yo estoy convencido que habría que llamar “la sociedad rural” en que seguimos viviendo. Si examinas lo que es esta sociedad nicaragüense, de urbano tiene muy poco. Es decir, la sociedad urbana esta sostenida por una clase media, con hábitos de consumo, con medios de producción modernos, universidades modernas, y todos esos rasgos que podríamos llamar de la modernidad que en el capitalismo están determinados por el consumo, por la sociedad de consumo, y muchas de las sociedades modernas han evolucionado, no hacia sociedades industriales –se saltaron esa etapa—sino hacia sociedades de servicios. En Nicaragua, si te fijas bien—quizás esto parezca muy alejado de la literatura, pero no lo es—nosotros nos saltamos el siglo XX, ¿no? Y no sabemos qué va a ocurrir todavía con el siglo XXI. Las exportaciones, lo que el país exporta, sigue siendo lo que exportábamos en el siglo XIX, seguimos exportando oro y plata, bananos, carne vacuna, cueros, café, cacao; y el resto son las exportaciones de zona franca, que es una implantación que no tiene nada que ver con la economía del país, sino con la ocupación de una mano de obra muy pobre. Ese es el rasgo fundamental de esta sociedad rural, que no tiene ninguna modernidad, y que por lo tanto sigue generando un sistema político que se adapta a lo que es, que responde a lo que es esa sociedad rural. Es decir, donde todavía el peso del latifundio es enorme. ¿Y quién es el que está a la cabeza del latifundio? Pues el caudillo, digo, el patriarca, el terrateniente que es el patriarca y que a la vez es el caudillo. Y por eso es que los caudillos se repiten en la historia de Nicaragua. Esto no es literario, sino que es real, desde Zelaya …te estoy hablando del siglo XX, un siglo largo en Nicaragua que comienza con la revolución de Zelaya en el 93. Pero Zelaya, que se ha educado en Francia, y en Bélgica, no deja de ser un caudillo. Es un cafetalero, un terrateniente cafetalero que gobierna con mano dura porque él piensa que eso es lo único que la sociedad tolera, admite: no puede haber democracia. Lo repite Somoza después cuando dice que darles la democracia a los nicaragüenses es como darle a un niño de pecho a comer nacatamal; tiene que madurar esta persona, crecer para tolerar la pesadez en el estómago de lo que es un nacatamal. Y es lo mismo Emiliano Chamorro. ¿Qué es Emiliano Chamorro? Un personaje mítico porque aparece en las batallas en todas partes. Es decir, es la imaginación rural. Y luego, después de Zelaya, Chamorro, Somoza, viene Ortega. Ortega no es más que un producto rural. Un producto de esta sociedad donde hay avenidas, donde hay hoteles, donde hay malls, donde hay enormes gasolineras que parecen catedrales de un piso, pero cuando te desvías de esas carreteras estás en el mundo rural que es Managua. Managua es un asentamiento de campesinos. Tú entras a las calles de los barrios más pobres de Managua y lo que hay es gente que tiene en los patios de su casa chanchos, cabros, árboles frutales, como si viviera en el campo.

Es como un inmenso campo de refugiados, ¿no?

Es como un campo de refugiados, pero siempre rural. No es un campo de refugiados como los que te puedes encontrar en Buenos Aires, en las chabolas de Buenos Aires, donde ya la gente se urbanizó; de mal modo, pero se urbanizó: son obreros fabriles empobrecidos, que fueron campesinos en un tiempo, porque todas las capitales latinoamericanas son concentraciones de población rural, pero en Nicaragua lo siguen siendo. Siguen siendo poblaciones campesinas. Entonces, en Nicaragua la mitad de la gente vive, se dice, en las ciudades, y la otra en el campo. Eso es una fantasía. Siempre que consideres que lugares como San Sebastián de Yalí o San Juan de Limay o como Telpaneca o como Palacagüina son asentamientos urbanos: siguen siendo asentamientos rurales. Entonces, la ruralidad se extiende a la dimensión urbana. Eso es el sedimento de donde sale el caudillo. Yo creo que, en una sociedad verdaderamente moderna, como lo es Costa Rica, que era una sociedad de campesinos, pero se transformó en sociedad urbana, dejaría de haber caudillos. El último caudillo de Costa Rica fue don José Figueres, que hizo la revolución del 48.

En alguna oportunidad expresaste tu aspiración a que el pueblo de Nicaragua “encuentre su voz”. Pero si existe una inclinación tan arraigada hacia el caudillismo por este fenómeno de la ruralidad, ¿se puede ser optimista? ¿De qué sirve “encontrar la voz” si la voz es autoritaria?

Bueno, quizás la esperanza es una puerta abierta siempre…Siempre he visto la crisis que está viviendo actualmente el país como que a lo mejor esta es la oportunidad para que la salida, al ser pacifica, sea civil, y que al ser civil nos ayude a construir instituciones. Porque aquí la ausencia institucional es dramática. El caudillo se asienta sobre la ausencia de instituciones. Las sustituye; las destruye y la sustituye, porque el poder de los individuos está por encima del poder de las instituciones. En Estados Unidos podés tener un presidente como Trump, que es totalmente wild, pero hay un sistema de pesos y contrapesos capaz de controlar las voluntades más extravagantes, ¿no? Las instituciones están ahí, tienen fuerza. Pero donde no hay instituciones, es fácil para un caudillo erigirse sobre los prejuicios, la ignorancia, la leyenda, que es lo que sigue ocurriendo aquí.

El otro día leí el Breviario imperial de Pablo Antonio Cuadra…

(Interrumpe) Es bastante antiguo, ¿no?

Sí, es muy antiguo. Contiene escritos que datan desde 1934, cuando Pablo Antonio Cuadra tendría apenas unos 22 años. Un libro interesante por varias razones, y en el cual el joven poeta se declara, entusiasmadamente, “fascista”.

Claro, es de ese tiempo…

Hoy en día una declaración así nos parece una aberración indigna de aparecer en ningún currículum. Sin embargo, en épocas recientes, por varias décadas, fue común entre los intelectuales latinoamericanos y nicaragüenses apoyar, o al menos no rechazar (se veía de hecho “reaccionario” hacerlo) otra encarnación del espíritu totalitario, el llamado “marxismo-leninismo” inventado por Stalin. ¿Qué nos dice esto de la clase intelectual?

Mira, yo creo que… vamos a poner como punto de concurrencia de tu pregunta el fenómeno de la revolución cubana de 1959. A lo largo de la década de los 60 es de mal gusto no estar con la revolución cubana para los intelectuales, los escritores, los artistas en América Latina; y esto te lleva a que cuando se dice “intelectual comprometido” es comprometido con la izquierda. Los intelectuales que tienen prestigio son los intelectuales de izquierda. No son los de derecha o los que proclaman la socialdemocracia. La socialdemocracia, aún en los años 70, en los años 80 aquí en la revolución era una mala palabra, porque la fidelidad al credo socialista era la fidelidad a las grandes figuras que iban desde Ho Chi Minh al Che Guevara, a Fidel Castro. Eso es un fenómeno muy propio de los años 70. Y si examinas la lista de los escritores latinoamericanos que respaldan a la revolución cubana sin ninguna distancia en los primeros años, pues están Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, García Márquez, Julio Cortázar, en fin, todo el boom, todos los escritores del boom, que claro, luego viene con el caso Padilla un proceso de separación; algunos toman distancias medias, como Cortázar, otros la toman definitivamente, como Fuentes, y como Vargas Llosa. Pero lo que te quiero decir con esto es que hay un momento como de cierre de filas con la revolución cubana, por su discurso antimperialista, liberador, de América Latina. Yo creo que quizás uno de los escritores que pudo advertir con valentía, y eso hay que reconocerlo ahora, esa separación entre humanismo y socialismo Europa del Este fue Octavio Paz, desde el congreso de Valencia, cuando la izquierda de entonces se volcó a respaldar a Stalin y Octavio Paz tuvo la valentía de rechazar la figura de Stalin como una figura totalitaria. Entonces, este es un viejo pecado de la izquierda que me parece que se disolvió con la caída del muro de Berlín a finales de los ochenta comienzos de los noventa, y entonces surgió una nueva conciencia que podemos llamar independiente, y ahora no se necesita ser un intelectual matriculado con la izquierda ortodoxa para estar comprometido con algo; el compromiso se diversificó. Hay distintas clases de compromisos, que me parecen más con los valores éticos que con los valores ideológicos, porque la ética había sido pospuesta, como una medida de compromiso. Es decir, estás identificado con los valores éticos fundamentales, irrenunciables, o estás identificado con la ideología que tantas veces contradice a la ética. Desde el Breviario Imperial de Pablo Antonio, en el tiempo que estaba de moda respaldar el fascismo, bajo el principio que sostenían tanto Pablo Antonio como Coronel, que Nicaragua no podía redimirse si no era a través de una figura fuerte que la modernizara. Esa era una idea. Y esa figura fuerte, ese caudillo modernizador, como era Franco, el papel le tocaba ejercerlo a Somoza. Ese era un tipo de discurso. El otro discurso era, hasta el final del muro de Berlín, que la economía planificada, la economía centralizada era capaz de generar riquezas para los más pobres, y por lo tanto había que abominar la economía de mercado, que era generadora de pobreza para la inmensa mayoría de la población. Ese discurso se separó y nunca nadie volvió a hablar de economía de estado. Y eso ha tenido muchísimas implicaciones.

Para alguien que conoció de cerca a Daniel Ortega: ¿Cuál es la mejor forma de salir de este personaje y se abran puertas y posibilidades a Nicaragua?

A mí me parece que el único camino que tenemos de frente es el de la salida cívica; lo que el pueblo de Nicaragua ha venido haciendo hasta hoy–yo digo que con gran éxito–que es resistir cívicamente, movilizarse cívicamente y tratar de que aquí exista un cambio evadiendo dos cosas que para mí son fundamentales: o un golpe de estado o la guerra civil; porque me parece que estos dos caminos lo único que harían seria presentarnos un panorama mucho peor. Yo nunca he creído que de un golpe de estado salga nada bueno. Recuerdo que cuando el primer golpe de estado fracasado de Chávez, mucha gente acompañó a Chávez diciendo “qué lástima, pues, que no triunfó”, y se regocijaron mucho cuando verdaderamente llego al poder; pero yo decía: “¿qué cosa buena puede salir de un golpe de estado?” Para mí nada. Y de una guerra civil, pues bastante experiencia tenemos de eso en Nicaragua, empezando por la última. Entonces yo digo, una guerra civil que cuesta tanta sangre, tanta muerte, destrucción, atraso, nosotros no podemos pagar otra vez ese precio. Y volver a correr un riesgo, que para mí es capital, que una guerra civil siempre es encabezada por alguien que está armado, y que se convierte en una figura política armada; y entonces corremos el riesgo de que un nuevo líder armado que tome el poder nos lleve a lo mismo del pasado. Entonces, ¿qué pasaría si logramos el “milagro”—llamémoslo así, provisionalmente: “milagro”—qué pasaría si aquí una resistencia civil fuera capaz de forzar, forzar verdaderamente un cambio democrático, lograr unas elecciones verdaderamente libres y por esa vía empezar a construir instituciones?

En esos escenarios de salida pacífica el partido FSLN sobrevive, permanece en el juego político. ¿Es un resultado así compatible con el tránsito a la democracia, dada la influencia del FSLN sobre gente armada?

Pero es que nosotros no podemos echar a nadie al mar…

Entonces, ¿es posible el cambio democrático con un FSLN aún activo?

No hay otra solución. Mientras que haya mil, dos mil, tres mil, diez mil, no sé cuántas personas, que creen, que son fieles a Daniel Ortega, y quieren ir a unas elecciones respaldando las ideas de Daniel Ortega, pues eso no se puede prohibir, eso es el pueblo el que tiene que determinar qué fuerza les va a dar. Yo creo que ahora les daría muy poca. me parece que hay un consenso muy grande en este país que se necesita una salida democrática y esa salida democrática es incompatible con lo que Daniel Ortega propone. Me parece que esta es, por lo tanto, una buena oportunidad. Pero erradicar al sandinismo como tal, que es una fuerza histórica que viene de la revolución, eso en una democracia no lo veo posible. El danielismo es otra cosa, no tiene fundamento político ninguno, es una secta. Yo lo que veo posible es la lucidez del pueblo que pueda elegir un gobierno verdaderamente democrático que señale otro rumbo para el país y le demuestre al país que todas esas ideas [las de Ortega] son obsoletas, que son atrasadas, y que no le van a dar una salida a Nicaragua.

Pero mi pregunta no es acerca de “erradicar” al FSLN o prohibir que alguien sea miembro de ese partido, sino más bien sobre cómo erradicar la influencia del FSLN en las fuerzas armadas.

Eso depende del grado de institucionalidad que nosotros lleguemos a conseguir. Y abrir las preguntas; abrir las preguntas que tengan respuestas institucionales. Es decir, esta policía tal como está, no es viable; no es viable en un régimen democrático. Tenemos que tener otra policía, bajo otras reglas, bajo otras bases. La pregunta va a ser también: ¿cuál debe ser el papel del ejército? Y plantearse: ¿es útil un ejército que tiene tanques de guerra y cañones antiaéreos en Nicaragua? ¿Sirve para algo? Esa es una pregunta ciudadana que debe hacerse desde ahora. ¿Cuáles van a ser las misiones del ejército en el futuro? Si el ejército va realmente a proteger la riqueza ecológica, va a resguardar las fronteras, va a proteger al país del narcotráfico, o si esas son funciones que puede cumplir otro tipo de fuerza pública, como puede ser una policía, etc. Esas son preguntas que en un ambiente democrático va a haber que hacerse. Pero por supuesto, conservar una fuerza en el país que esté conformada por contingentes secretos, paramilitares aliados con la policía…eso es incompatible con la democracia, y un régimen verdaderamente democrático eso no lo puede tolerar: es decir, la fuerza de hecho por debajo de la superficie de las instituciones.

Para concluir: ¿cuál es tu próximo libro?

Pues este ha sido un pésimo año para mí, porque después del gran entusiasmo, o del shot de adrenalina que recibí con el premio Cervantes yo dije “regreso a escribir otro libro, o a retomar mi trabajo de ficción”, y eso se vio totalmente frustrado. Cuando volví a Nicaragua lo que había era una mortandad diaria; me di cuenta que yo vivía en un país frente al cual era un crimen cerrar los ojos, y me dediqué a hablar alrededor de esta situación a quien me lo preguntaba en el mundo, estaciones de televisión, programas de radio, entrevistas; sentí que ese era mi deber y…se me ha ido el tiempo en eso. Ahora quiero escribir un libro de crónicas y apreciaciones personales sobre todo lo que ha ocurrido. Y estoy en eso. La dificultad con un libro de este tipo es que aún no tiene punto final. Y entonces se necesita encontrarle una salida a esta situación indefinida, desde el punto de vista de la escritura. Es decir “¿cómo tengo que enfocar este libro, que tenga un cierre mientras no hay cierre?” Porque estamos en medio de los acontecimientos, en caliente. Pero sí, he avanzado en ese libro. Quiero transformar las cifras en rostros. Aquí una de las comisiones de derechos humanos habla de cuatrocientos ochenta y tantos muertos, vamos llegando a quinientos; hay más de tres mil heridos. Hoy el gobierno reconoció que tiene más de doscientos prisioneros políticos. Pero las cifras dicen poco, porque hay otros países donde este tipo de cifras es mayor. Yo lo que quiero es ponerle rostro a los niños muertos, los niños de catorce, quince años que fueron asesinados, mujeres, gente que esta presa; es decir, una exposición, una galería de rostros de personas con sus propias historias, y una apreciación paralela de cómo he visto yo estos acontecimientos, y la interpretación, basada en la historia, de eso de lo que estamos hablando–el caudillismo–que yo hago, esta que pareciera condena repetitiva del país y que a mí me parece que no lo es.

Francisco J. Larios, escritor y economista nicaragüense, reside en Miami. franjlarios@gmail.com, @franlarios2.



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