Rosie Inguanzo nos cuenta sus pasos por ‘La vida de la vida’


No la conozco, solo la he visto muy de lejos, he soñado con ella. Sé que es hermosa y etérea, algo sinuosa y tal vez transparente, no parece de este mundo. Solo he escuchado su voz delicada y sin embargo, de esa presencia frágil veo saltar con toda su fuerza un ser con alas y con garras. Rosie Inguanzo atrapa y cautiva, sonríe y vuelve a devorar(me). Hoy le conmino a ser ella y también todas las que es, como bien dijo el poeta Eliseo Diego.

Eres actriz y escribes desde muy joven, ¿cómo ves esa dualidad? Les intuyo algo complementario en ti, pero ¿qué manera de expresarte prefieres, las tablas o los libros?

Es lo más natural, son dos actividades que realizaba desde pequeña —actuar puede que haya empezado más temprano; dos vocaciones que me han acompañado toda la vida. Pero cuando estoy bregando con un personaje no puedo sentarme a escribir en serio ni leer siquiera (hábitos intercambiables). Un personaje me absorbe totalmente por cuatro o cinco meses; es una tiranía del teatro que asumo a veces porque me retribuyo de otra manera esencial, aunque coacciona mi libertad creativa.

¿Quién es tu alter ego Eslinda Cifuentes y cuánto de Rosie hay en ella? ¿Y has aprendido a convivir con las dos?

El nombre me lo obsequió, en 1993, en La Habana, un querido amigo que he extraviado en la bruma del tiempo: Joaquín Baquero. Es el nombre de uno de los personajes en su novela “Malecón” que adapté y llevé a teatro con mucho éxito en 1993-94. Lo hice mío hace tiempo. Un alter ego que me sirve para expresarme con desparpajo porque es malhablada, caprichosa y perretuda y, mientras fui más joven, Eslinda era hasta un poco exhibicionista. Eslinda me ha venido bien, porque yo más bien era temerosa y pedía disculpas por todo, hasta por mis talentos, que a fin de cuenta son elusivos para mí misma, y revocables.

¿Cómo llegaste a Miami, cómo fueron esos primeros años? Qué te reporta esta ciudad y cómo convives con otra Rosie más, la que hoy enseña lengua y literatura a jóvenes hispanos?

Llegué muy maltratada por el sistema a reintegrarme al drama familiar. Era un Miami chato que se extendía hasta el sur en urbanizaciones monótonas de cartón piedra, lleno de “marimberos” cubanos y colombianos, un Miami Vice—serie en la que trabajé como extra, recién llegada, unas dos o tres veces. Miami Beach era un retiro playero. También era el Miami donde vivía Lydia Cabrera y muchas valiosas figuras del exilio histórico; criminales cubanos le dieron mal nombre a la ciudad —recuerda que Castro limpió las cárceles cuando el Mariel; pero por la misma vía también a la ciudad se le había insuflado mucha tenacidad y talento —aquí se editaba la revista Mariel y existía una gran actividad teatral.

Llegué con 18 años en 1985 y fue difícil. Venía acribillada de traumas y esas penurias no me han abandonado; quisiera creer que aprendí a vivir con ellas. De manera que estas preguntas personales me cuesta responderlas. Tenía claro que quería ser actriz y me integré enseguida al grupo de teatro estudiantil Prometeo, en Miami Dade College, bajo la tutela de Teresa María Rojas, lo que significó un encarrilamiento fundamental. Fueron años de mucho teatro y formación. Sin embargo llegó un momento en el que necesité regresar en serio a la escuela porque sentía la necesidad de organizar el pensamiento dentro de un sistema, o sea, una educación académica formal. En medio del éxito teatral, hice mutis para irme a estudiar concienzudamente, buscando además una independencia económica en la academia que la actuación no podía darme a menos que me prestara a hacer trabajos comerciales.

En cuanto a enseñar, me aporta mucho; enseñar es aprender. Y me ayuda a limpiar la conciencia, sucia por demás. Llego muy cansada a casa porque lo hago con pasión y entrega, pero también le da mucho sentido a mi vida.

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Acabas de sacar del horno un poemario: La vida de la vida (Hypermedia, 2018) y una novela: La Habana sentimental (Bokeh, 2108), cuéntame de esas dos criaturas nuevas porque aquí vuelves a ser dual y multiRosie, muchas Rosies a la vez, es tu naturaleza.

Estoy feliz de que salieran estos dos libros a la misma vez (con dos editoriales distintas) porque, de hecho, se escribieron al unísono. Te voy hablar del poemario porque es el que presentaré ahora en la Feria, con Hypermedia. Escribí estos poemas para aliviarme de la dificultad de escribir la novela. Me inventaba estas narrativas (porque son poemas narrativos), trabajaba una imagen durante semanas y hasta meses, cazaba imágenes, leía y escribía (que es como escribo), deliberadamente al margen del yo poético. Luego no hay un solo yo en todo el poemario; dice mi marido que es poesía erótica.

Es neomodernista, de manera que está plagado por las criaturas del Modernismo: una princesa, un par de dragones, cisnes, Leda, chinerías, japonerías (y cubanerías), guiños a Rubén Darío, a Julián del Casal, a Mishima. Trabajé la sinestesia, que es la figura del Modernismo, y es un librito azul, azulado, azuloso. Luis Soler, que ilustra la portada, lo interpretó inmejorablemente, porque hasta llueven azules en el Malecón habanero. Sabemos que la primera etapa del Modernismo es escapista y la segunda comprometida con la realidad americana; pues mis poemas escapaban de la realidad porque la vida me estaba pasando una cuenta atroz, mientras cuidaba a mi madre moribunda. Con estos poemas buscaba una delicadeza que la vida me negaba. La muerte puede ser grosera. No obstante cultivo una estética jodida, mortificante, algo per-versa desde el punto de vista estético.

Cuando llegué de Cuba leía mucho de la biblioteca del Downtown, que por aquel entonces tenía una selección muy buena y empleados atentos y bien informados. De allí leí maravillas que (aún no tenía dinero para hacerme de una biblioteca propia), resultaban un verdadero tesoro: Hermann Hesse, Clarice Lispector, Anaïs Nin (incluyendo sus vastos diarios), Henry Miller, etc.; allí también descubrí la literatura japonesa en una antología de koans que trastocaron mi cerebrito occidental. No recuerdo el título pero sí la impresión que me causaron, el placer estético; desde entonces busco repetir esa emoción del vacío y la sorpresa que deja el koan, ese gusto raro. Luego vinieron otras lecturas, la compañía del I Ching, los estudios del Orientalismo en la universidad; vale la pena apuntar cómo las lecturas van conformando la vida.

Yo iba a preguntarte por lecturas e influencias, pero no hizo falta, eres mi mejor entrevistada. ¿Y qué te traes entre manos ahora? Cuéntame de tu participación en la feria del libro de esa ciudad que tanto amas, pero ¿después qué viene?, háblame de ese futuro ya cercano y de los nuevos proyectos que se asoman por ahí.

En la feria estaré con la Editorial Hypermedia presentando el poemario La vida de la vida. (Neomodernismos y otras inquisiciones). A principios de 2019 presentaré mi novela La Habana sentimental (Bokeh) en una librería de la ciudad. También planeamos un recital de Alfredo Triff con performance mío. Ahora estoy escribiendo un libro de baladas crueles, mientras trabajo en otra novella que va tomando forma, repitiendo el patrón rítmico de dos libros a la vez.

Presentación de “La vida de la vida” (Hypermedia), de Rosie Inguanzo, el jueves 15 de noviembre a las 7:00 p.m. en la Feria del Libro de Miami. Wolfson Campus del Miami Dade College, Salón 2106 (Edificio 2, primer piso), 300 NE Second Ave., Miami, Fl 33132.



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