Rivales de Bolsonaro no apostaron por unión


Así como muchos rivales de Donald Trump lo consideraban inelegible en 2016, los detractores de Jair Bolsonaro, ganador de los comicios presidenciales en Brasil, siempre creyeron que el candidato ultraderechista era un mero mecanismo de control.

Al igual que Trump, quien fue captado en video jactándose de tocar los genitales de las mujeres, Bolsonaro ingresó a la contienda presidencial con un largo historial de comentarios ofensivos hacia distintos grupos. En dos ocasiones le dijo a una legisladora que era demasiado fea para ser violada, comentó que era preferible tener un hijo muerto que uno homosexual, y a menudo se expresó de los negros y los indígenas de forma despectiva.

El excapitán del ejército puso en entredicho a las instituciones democráticas y argumentó que si la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985 cometió un error, fue el de no haber ido lo suficientemente lejos para matar a los comunistas que amenazaban a la nación.

La lógica era que todo eso lo hacía demasiado tóxico para la mayoría brasileña, una nación conservadora pero donde muchos se enorgullecen de su estilo de vive y deja vivir.

La creencia era tan sólida que los partidos de toda la gama política nunca sopesaron una estrategia de unidad en contra de Bolsonaro. En su lugar, se disputaban la posición, creyendo que cualquiera que finalizara segundo entre la docena de aspirantes, vencería a Bolsonaro en la segunda ronda electoral del pasado domingo.

El Partido de los Trabajadores, que había ganado las últimas cuatro elecciones presidenciales, parecía el mejor posicionado a pesar de los problemas que lo quejaban, como la reducción en sus filas y una mala imagen producto de la investigación por corrupción “Operación Autolavado” que involucra miles de millones de dólares en sobornos a políticos en contratos de construcción inflados.

Operando bajo el supuesto de que el triunfo de Bolsonaro era imposible, el partido decidió que su mejor oportunidad de llegar a la segunda ronda — y por tanto a la victoria — era depender de su abanderado, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, a pesar de que en abril comenzó a cumplir una sentencia de 12 años de cárcel por corrupción.

Aunque era evidente que la candidatura de Lula sería prohibida eventualmente, contaba con el respaldo de suficientes brasileños para encabezar las preferencias durante más de un año. El partido pensó que podía designar a un reemplazo de último minuto y que el respaldo de Lula pasaría automáticamente al nuevo aspirante. Ahí entró en la ecuación el exalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, cuyo slogan de campaña fue “Haddad es Lula, Lula es Haddad”.

Pero el PT, de izquierda, no reconoció en ningún momento su papel en el escándalo “Autolavado”. Y el partido tampoco abrió su panorama más allá de Lula. Aunque sigue siendo querido por muchos, también es repudiado debido a la investigación anticorrupción y a la recesión que sufrió el país durante el gobierno de su sucesora Dilma Rousseff, quien fue destituida en 2016 por manejo ilegal del presupuesto federal.

Haddad no fue nombrado como reemplazo de Lula hasta el 11 de septiembre, a menos de un mes de la primera ronda electoral. Sin embargo, superó a los demás aspirantes y finalizó en el segundo puesto con el 29% de los votos, lo que le valió un puesto en la segunda ronda.

Sin embargo, Bolsonaro estuvo a punto de ganar la primera ronda, donde obtuvo el 46% de los votos. Y Haddad nunca pudo recuperar terreno. Bolsonaro ganó el domingo sin problemas con poco más del 55% de los votos por poco menos del 45% que fueron para Haddad.

El PT y otros que apostaron en contra de Bolsonaro subestimaron el poder de una campaña con propuestas simples y su capacidad para enviar mensajes, en especial a través de las redes sociales.

Sus promesas, al igual que las de Trump, eran fáciles de digerir: Combatiría a la delincuencia con fuerza bruta, acabaría con la corrupción encarcelando políticos y daría a la economía brasileña impulso con privatización y una reforma al sistema de pensiones.

Tal vez el punto más fuerte de Bolsonaro fueron sus sesiones casi diarias de Facebook Live. Vestido con una camiseta y sentado frente a una mesa vacía, miraba a la cámara y comenzaba a hablar. Para muchos brasileños hartos de las historias de políticos que saquean las arcas públicas y viven en medio de lujos, la imagen de la figura paternal estricta y austera lista para poner la casa en orden fue revitalizante.

Bolsonaro redobló esfuerzos en su estrategia por redes sociales después de que fue apuñalado durante un evento de campaña el 6 de septiembre. A los pocos días del ataque, volvió a interactuar con sus seguidores a través de videos y tuits que enviaba desde su cama de hospital.

“Bolsonaro es la voz de las personas que quieren hablar pero sienten que no pueden por temor a ser políticamente incorrectas”, dijo Carlos Manhanelli, especialista en marketing político y presidente de la Asociación Brasileña de Consultores Políticos. “Se muestra tal como es, y los votantes lo perciben como auténtico”.

Mientras que la victoria de Trump fue sorpresiva, el triunfo de Bolsonaro cada vez parecía más inevitable.

Tal vez la muestra más clara llegó a finales de septiembre, cuando las marchas en contra de Bolsonaro, organizadas por grupos de mujeres, llevaron a miles de personas a las calles, sin embargo las encuestas comenzaban a indicar un incremento constante en el respaldo de las mujeres hacia el candidato.

La tendencia continuó hasta el punto de que el domingo en las urnas el 42% del electorado femenino votó por él, en comparación con el 41% que lo hizo por Haddad.

Valentina Collet, una doctora de 48 años de edad en Sao Paulo que votó por Bolsonaro, resumió el cálculo que hicieron muchas mujeres.

Bolsonaro “es todo en lo que no creo. Estoy en contra de la violencia. En contra de las armas. En contra de su actitud”, dijo. “Luchamos tanto por sacar del poder al Partido de los Trabajadores. Así que, al final, ¿vamos a votar por que regresen?”



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