Padres de niños enfermos claman por ayuda a Venezuela.


Para este niño delgado, su vida depende de la delgada sonda de goma conectada a su brazo. Si sigue con ella, podría matarlo. Si se la sacan, también pudiera morir.

Andrés Fernández parece más un niño de ocho años que al adolescente de 15 que es. Andrés es uno de los 15 pacientes del departamento de Nefrología del Hospital J.M Los Ríos en Caracas, el hospital para niños más grande de Venezuela. La última esperanza de Fernández pudiera ser la asistencia médica internacional que ahora espera en la frontera colombiano-venezolana.

El chico es uno de los casos más críticos en este departamento, que trata enfermedades renales. El catéter que le administra fluidos a su escuálido cuerpo debe remplazarse por uno nuevo para prevenir una peligrosa infección. Pero hay un problema: ese pequeño tubo es el último que queda en el hospital, que ya no tiene más catéteres, y si se lo quitan para prevenir una infección, morirá.

En estos momentos, ese catéter es el salvavidas de Andrés y, al mismo, pudiera matarlo.

“No puedo darme el lujo de comprarle un catéter nuevo a mi hijo y, si por un milagro tuviera el dinero, eso no existe en Venezuela”, dice su madre Vicki, de 32 años, mientras mira el catéter desgastado que cuesta alrededor de $ 150. Andrés mira a su madre con la mirada de un alma desconsolada. Lleva seis meses en el hospital.

En estos momentos, la atención de Vicki se divide entre su hijo y el conflicto en la frontera con Colombia, donde toneladas de alimentos y suministros médicos están listas para entrar al país. La oposición afirma que la ayuda traerá alivio a cientos de miles de venezolanos que ahora se encuentran en estado crítico. Sin embargo, el gobierno de Nicolás Maduro está bloqueando la asistencia humanitaria, que califica como un “show” de propaganda y una invasión militar disfrazada de Estados Unidos.

“Seguro que hay catéteres en esos camiones”, dijo Vicki.

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Jeandel Silva, de 13 años, se somete a un doloroso tratamiento en la sala de Nefrología de un hospital de Caracas.

Humberto Duarte. Especial para el Miami Herald.

Llegó un momento en que había 35 pacientes jóvenes con insuficiencia renal que dependían de las máquinas de diálisis del Hospital J.M Los Ríos. Algunos se curaron, otros fueron transferidos a otros hospitales. La mayoría murió por complicaciones inevitables, pero también debido a la falta de equipos médicos y medicamentos, como antibióticos.

“El año pasado, fallecieron 12 niños. En el año 2019, tenemos tres muertes hasta el momento “, dijo Belén Arteaga, jefa del departamento de Nefrología, mientras hojeaba sus notas con los nombres de los niños fallecidos.

El catéter de Fernández debería habérsele retirado el mes pasado, cuando caducó. Hace dos años, el chico pudo haber salido del hospital completamente curado. El hospital realizaba sus propios trasplantes renales y unos 20 niños al año regresaban a casa con un riñón nuevo.

No más trasplantes

Sin embargo, el departamento de trasplantes cerró en medio de la devastadora crisis económica de Venezuela. Lo mismo hizo el laboratorio del hospital, y solo uno de los ocho quirófanos está funcionando en el departamento de Neurocirugía.

“¿Y este señor no deja entrar la ayuda internacional? La única mercancía que están dejando entrar son los narcóticos”, dijo Ariannys Gómez, cuyo hijo de cinco años fue hospitalizado con problemas renales hace cinco meses. Gómez se refería a las acusaciones de que algunos en los círculos cercanos a Maduro están acusados de tráfico de drogas.

Cuando se corrió la voz de que había un periodista en el hospital, los militares que estaban allí supuestamente se fueron para no hacer declaraciones. Las madres se enfurecieron.

“¿Nos van a comprar ellos los catéteres?”, preguntó Gómez. Pensaba que la publicidad ayudaría a su hijo y otros niños en el hospital a obtener los instrumentos quirúrgicos y medicamentos tan necesarios. Ninguno de los militares pasó por el piso.

Revisan las bolsas de todos

Los médicos aquí han experimentado su propio “bloqueo de ayuda humanitaria”. Ni siquiera ellos pueden llevar medicamentos al hospital. Los guardias militares y los vigilantes del gobierno registran constantemente las bolsas de todos.

“Ellos [el gobierno] quieren mantener la apariencia de que todo está bien. Si nos permiten traer suministros desde afuera, eso sería reconocer que, en realidad, tenemos una enorme necesidad de medicamentos e instrumentos médicos”, dijo Belén Arteaga, con voz exasperada.

Edgar Sotillo, que trabaja en el departamento de Neurocirugía, a solo un piso encima del de Nefrología, cree que hay otra razón para los estrictos controles en la entrada del hospital.

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Winder Rangel, de 9 años y paciente de nefrología en Caracas, posa para la cámara como un ninja, pero a veces le resulta difícil levantar los brazos.

HUMBERTO DUARTE. Especial para el Miami Herald.

“Se nos puede acusar a los médicos de que nos enriquecemos en el mercado negro”, dijo Sotillo, quien, como Arteaga, batalla con la constante falta de suministros médicos y equipos médicos, incluyendo máquinas de rayos X.

Las madres enfurecidas que asisten a sus hijos enfermos las 24 horas del día acusan de inmediato a Maduro y sus soldados, calificando de cruel y peligroso lo que hacen en la frontera. La verdad es que también hay algunos soldados cuyos hijos se encuentran entre la vida y la muerte.

“Tenemos miembros del ejército que no tienen acceso a suministros médicos porque son soldados de bajo rango. No pueden, a diferencia de los generales o los coroneles, conseguir ayuda para ellos o sus seres queridos porque no controlan la distribución de los medicamentos”, dijo un médico que trabaja en el hospital militar Carlos Arvelo de Caracas, pero que pidió no ser identificado por temor a represalias.

Explicó que estos soldados están a favor de que la ayuda humanitaria en la frontera entre al país. Creen que es para ayudar a los venezolanos enfermos, no para destruirlos, como sostiene el gobierno.

De vuelta en el hospital J.M Los Ríos, los padres continúan con su ansiosa vigilia.

“No quiero que mi hijo muera”, dijo Gómez, mientras revisaba su teléfono en busca de las últimas noticias sobre la frontera. “Espero que todavía me queden muchos años en su compañía”.



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