La locura de Art Basel y lo maravilloso que es


Es curioso como un sitio puede estar en tu vida años y años hasta que al final consigue atraerte a el. Es lo que me ha sucedido con Miami, una ciudad que siempre estuvo presente en mi vida, representando muchas cosas, variadas, atractivas y también repelentes.

Al principio, cuando crecía como niño precoz en Venezuela, Miami me espantaba porque era el reino del “tá barato, dame dos”, que supuestamente fue una expresión nacida entre los venezolanos de finales de los años setenta y que viajaban hacia esta ciudad a derrochar dinero, comprando todo doble y aprovechándose de la paridad monetaria de 4.30 bolívares por un dólar.

El precio de nuestro petróleo construyó una generación saudita que siempre gastó y jamás invirtió y en apenas 10 años malgastó tanto que el país entró en una espiral que nunca toca fondo. Miami era la Meca para esos venezolanos y mi educación me instruía a detestarla.

Hasta que la televisión me trajo aquí, invitado a varios programas dirigidos por la gran Cristina Saralegui, que leía vorazmente mientras fue la directora de Vanidades y advertí de inmediato que esa Miami saudita empezaba una gran transformación.

Se hacía más sofisticada, más profesional y en realidad más fabulosa. Y entonces me invitaron a venir la semana de Art Basel y ya me enganché. Es cierto que la feria de arte más fabulosa del mundo tiene momentos insoportablemente frívolos pero esa es su maravillosa naturaleza.

Y hay que dejarse llevar por ese espíritu de infinita fiesta que, como sucede en Estados Unidos, no deja de hacer crecer ingresos segundo a segundo, día a día y, sobretodo, noche tras noche. La mezcla es apoteósica: Dinero, Arte, Belleza, Fiesta, Post Fiesta y After Party. Hay un instante en que el cuerpo pide tregua y entonces agregas a todas esas palabras con mayúscula, Siesta. Y la tomas, lo que puedas. Y agregas otra palabra: Regreso.

Y así durante seis días que cada año prometes no volver a hacer y sin que lo puedas evitar estás en ello el siguiente diciembre. Esta semana del 2018 creo que he cubierto Art Basel como nunca en mi vida, quizás porque me he propuesto que sea el último y mi auténtica despedida de Miami… por ahora.

Mientras iba anotando en mi agenda todo lo que he hecho, no sé cómo lo conseguí porque otra de las cualidades de Art Basel es el caos de tráfico que la ciudad no consigue solucionar.

Porque la feria se explaya por toda la ciudad y de repente tienes que estar en la gala del Bass Museum en South Beach pero también en la inauguración de Pinta (que es la feria de arte latinoamericano) en la parte más extrema, y humilde, de Wynwood. Con mi abnegada amiga Carolina Lanao intenté hacerlo todo y, miento, la convencí de que podíamos hacerlo todo si dejábamos de lado el navegador y seguíamos mis conocimientos de “caminos verdes” para llegar a lo más profundo de Wynwood y volver a lo más chic de South Beach en una hora.

Mis conocimientos funcionaron, lo que no previmos fue que el parking del sitio donde se desarrollaba Pinta, estuviera cerrado. Esas dos cuadras de Wynwood eran como una escena de huida masiva de las películas de catástrofes. Dentro de coches de apariencia paupérrima, brillaban aretes y collares de piedras preciosas. Y el acceso del Wynwood Convention Center, cerrado a cal y canto.

Convencí a Carolina de que que estaría vacío porque muchos países latinoamericanos atraviesan crisis y no pueden gastar mucho en obras de arte. I was wrong. Art Basel siempre te sorprende.

Boris Izaguirre es un escritor y presentador venezolano. Twitter: @Borisizaguirre.

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