Golpeado y quemado: médico yemení relata torturas por hutíes


El error de Farouk Baakar fue tomarse una fotografía.

El médico yemení estaba trabajando en el hospital al-Rashid el día en que un hombre sangrando fue llevado a la sala de emergencias con heridas de bala y señales de tortura. Lo habían abandonado a un lado de una carretera después de permanecer en una prisión regentada por los milicianos hutíes que controlan el norte de Yemen. Lo azotaron en la espalda y lo dejaron suspendido de las muñecas durante días.

Baakar pasó horas retirando balas y reparando intestinos rasgados. Fue su paciente durante 80 días y al final aceptó tomarse una foto con él.

Semanas después, agentes de seguridad hutíes volvieron a llevarse al hombre, registraron su teléfono y ahí hallaron la foto.

Varios milicianos irrumpieron luego en el hospital en el puerto de Hodeida, vendaron los ojos de Baakar y se lo llevaron en una camioneta pickup. Después de su detención a mediados de 2016 pasó 18 meses encarcelado. Durante ese tiempo, dijo que lo quemaron, lo golpearon y lo encadenaron al techo atado de las muñecas.

Baakar y su paciente están entre miles de prisioneros en manos de los rebeldes hutíes en la guerra civil que lleva cuatro años en Yemen.

Una investigación de The Associated Press halló que muchos de ellos sufrieron tortura extrema: les golpearon el rostro con porras, los colgaron de las muñecas o los genitales durante semanas seguidas o los quemaban con ácido.

La AP habló con 23 personas que aseguran haber sobrevivido o atestiguado torturas en centros de detención hutíes, así como con ocho familiares de detenidos, cinco abogados y activistas y tres oficiales de seguridad involucrados en intercambios de prisioneros y que han visto marcas de torturas en los prisioneros.

Estos relatos ponen en evidencia la importancia de un acuerdo de intercambio de prisioneros alcanzado el jueves en Suecia al inicio de las negociaciones de paz patrocinadas por la ONU entre los rebeldes chiíes hutíes y el gobierno de Yemen, que es respaldado por Estados Unidos y Arabia Saudí. En una medida para construir la confianza, ambas partes acordaron liberar a cientos de prisioneros, aunque todavía tienen que afinarse los detalles.

Pero mientras el gobierno libera a los combatientes hutíes capturados, los rebeldes soltarán en su mayoría a civiles que, como Baakar, fueron hechos prisioneros durante redadas enfocadas en combatir la oposición y obtener cautivos que pudieran intercambiar por un rescate o milicianos detenidos por el otro bando.

La Unión de Madres de Secuestrados, una asociación de mujeres familiares de detenidos por los hutíes, ha documentado más de 18.000 casos en los últimos cuatro años, incluso 1.000 de tortura en una red de prisiones secretas, de acuerdo con Sabah Mohammed, representante del grupo en la ciudad de Marib.

El grupo de madres dijo que al menos 126 prisioneros han muerto por tortura desde que los hutíes tomaron la capital, Saná, a finales de 2014.

Amnistía Internacional dijo que “espantosos abusos a los derechos humanos, así como crímenes de guerra se están cometiendo en todo el país por todas las partes en conflicto”.

No obstante, la indignación internacional por el derramamiento de sangre en Yemen se enfoca principalmente en los abusos cometidos por la coalición militar respaldada por Estados Unidos y encabezada por Arabia Saudí que pelea del lado del gobierno yemení.

La AP ha expuesto casos de tortura en prisiones secretas administradas por Emiratos Árabes Unidos y sus aliados yemeníes y ha documentado la muerte de civiles en bombardeos desde drones en la campaña de Estados Unidos contra el brazo yemení de Al Qaeda.

Los abusos cometidos por los hutíes son menos visibles para el mundo exterior.

Los líderes hutíes han negado en ocasiones previas estar utilizando la tortura, aunque no respondieron a una petición de la AP para comentar al respecto en las semanas recientes. El ministerio de Derechos Humanos de los hutíes dijo a finales de 2016 que “no hay política o uso sistemático de la tortura contra prisioneros”.

Sin embargo, dentro del movimiento, una facción moderada ha reconocido abusos y buscó ponerles fin. Yahia al-Houthi, hermano del líder del grupo, instauró un comité en 2016 para investigar reportes de tortura. Esto ayudó a liberar a 13.500 prisioneros en los primeros tres meses.

La comisión envió un video al líder Abdel-Malek al-Houthi donde mostraba escenas de celdas de prisiones sobrepobladas junto con testimonios de hutíes importantes en el comité que aseguraban haber visto señales de tortura. El video no se hizo público, pero la AP obtuvo una copia.

Baakar, el médico, relata que después de su detención, los milicianos lo colgaron del techo, le quitaron la ropa, lo azotaron desnudo y le arrancaron las uñas y el pelo. Se desmayó. Una vez lo quemaron con plástico derretido en su cabeza, cuello y muslos.

Al final, Baakar fue trasladado al castillo Hodeida, una fortaleza otomana de hace cinco siglos. En un sótano sucio conocido como la “Cámara de Presión”, permaneció suspendido de las muñecas durante 50 días hasta que sus captores pensaron que estaba muerto. Cuando sus verdugos vieron que seguía vivo, permitieron que otros prisioneros lo alimentaran y limpiaran.

Cuando se recuperó, otros torturados le pidieron ayuda médica. Él atendía sus heridas, incluso haciendo cirugías simples, sin anestesia y usando cables eléctricos, la única herramienta que tenía a la mano.

Baakar _liberado en diciembre de 2017 después de que su familia pagó el equivalente a 8.000 dólares_ recuerda que a un hombre lo colgaron del pene y los testículos. A otro lo quemaron gravemente, vertiéndole ácido en la espalda, deshaciéndole la piel y casi sellándole las nalgas entre sí. Baakar tuvo que usar cables para hacerle una abertura y, con sus dedos, remover las heces.

“Cuando pedí ayuda a los guardias y les dije que el hombre estaba falleciendo, ellos solo respondieron: ‘déjalo morir'”.



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