diez años de la quiebra que originó la Gran Recesión (y algunas heridas que aún sufrimos)


Logotipo del banco de inversiones estadounidense Lehman Brothers en la sede mundial de la compañía en Nueva York (Estados Unidos), el 15 de septiembre de 2008.
EFE/ Peter Foley

Había sido un verano caluroso. Un estío en que las radios repetían incesante ‘Viva la Vida’ — la canción que Guardiola usaba como vitaminas en el vestuario del Barcelona— y los cines acogían masas para ver a ‘El caballero oscuro’. La oscuridad en aquella época, sin embargo, no solo la ofrecía el personaje de Batman que dibujó Nolan. La sombra también era económica.

El mundo, que había vivido un esplendor financiero en el arranque del siglo XXI, acababa de pulsar el botón de alarma. La economía empezaba a dar sus primeros síntomas de constipado financiero. Muchos trabajadores empezaron a perder sus trabajos y a tener dificultades para pagar la hipoteca. La banca lo sufrió en primera persona. Habían sido años de excesos financieros. Y no solo en España. En todo el mundo.

Confiados en una espiral de crecimiento exponencial que duraba años, las entidades financieras se lanzaron a conceder hipotecas de riesgo extremo, la deuda inmobiliaria se vendía en mercados secundarios, cambiaba de manos, se revendía más cara. Una burbuja de excesos que no aguantó más cuando el 15 de septiembre de 2008 el banco de inversión Lehman Brothers se fue a pique dando lugar a la Gran Recesión, el mayor desplome económico desde el crack del 29.

¿Qué ocurrió el 15 de septiembre de 2008?

Hay imágenes que no se olvidan nunca. Decenas de empleados del banco de inversión Lehman Brothers, con sus cajas de cartón cobijando sus efectos personales, bajaban a la calle tras conocerse que el gigante había quebrado tras 160 años de vida. En ese momento contaba con 600 billones de dólares y estaba protagonizando la mayor quiebra bancaria en la historia de Estados Unidos.

¿Se espera que ocurriese?

No fue una sorpresa. Las hipotecas subprime —los prestamos concedidos con mucha posibilidad de impago— ya llevaban un año dando problemas en todo el mundo. La banca internacional creó un cortafuegos de 70.000 millones para afrontar lo que se le venía encima. Fue insuficiente. La banca estaba demasiado contaminada de activos tóxicos, unos inmuebles que no valían lo que se había pagado por ellos. Los mercados entraron en pánico. Pocos concedían ya crédito. Las acciones de los bancos se derrumbaban y arrastraban a las Bolsas mundiales al precipicio. Lehman era una de las entidades más manchadas. En su última semana de vida había perdido el 80% de su valor. La quiebra estaba cantada. El 15 de septiembre de 2008 acabó claudicando y originó un tsunami que aún deja cicatrices económicas en el mundo

¿Cómo se expandió la crisis a todo el mundo?

Las entidades financieras no se limitan a gestionar hipotecas de sus clientes. Esos préstamos se empaquetan en forma de deuda. Se sacan a los mercados y se compran por otros inversores que esperan un rendimiento por estos paquetes. Cuando esos rendimientos no se producen, los inversores pierden dinero. Si pierden dinero, dejan de comprarlos. Nadie quiere comprar una deuda que será probablemente impagada. Así que la deuda se deprecia. Y en una economía global, el impacto se siente en todos los países porque los grandes capitales invierten a nivel transnacional. El dominó se precipitó sin pausa.

¿Fue la única entidad en caer?

Ni mucho menos. El tsunami se extendió por todo el mundo financiero. En Estados Unidos, dos gigantes hipotecarios Fannie MaeFreddy Mac tuvieron que ser rescatados por el Estado. Bank Of América absorbió a Merryl Lynch. Otra financiera, Bear Stearns, también vio diluir su negocio en otra fusión. Al otro lado del charco, los ejemplos son más conocidos por el lector europeo: grandes entidades como la británica Northern Roc, la alemana Hypo o la española Bankia fueron nacionalizadas por el estado.

¿Cómo intentaron atajarlo los Gobiernos?

Tomaron tres caminos diferentes. Nacionalizaron entidades financieras con valor sistémico y cuya quiebra podrían haber provocado un riesgo mayor para la economía (en España, fue el caso de Bankia). El segundo camino fue tomar una política monetaria expansiva, es decir, poner en marcha la fábrica de billetes a todo trapo para poder comprar tanto deuda (una camino que abandonó la Fed estadounidense hace años y que el BCE ha alargado hasta finales de este mismo año) como activos hipotecarios invendibles (caso de la Sareb, en nuestro país; y en tercer lugar, derrumbar progresivamente los tipos de interés hasta cero para que los inversores se animasen a pedir dinero prestado para relanzar una economía mundial que entró en recesión en 2019.

¿Y lo lograron?

No de forma inmediata. En el año 2010 parecía que la economía empezaba a recuperar el pulso, pero en Europa surgió un problema adicional: la crisis de deuda. La UE descubrió que Grecia había estado maquillando sus cuentas durante años y que el agujero de su economía era mayor de lo que se creía. La economía no es una ciencia exacta y se basa mucho en la confianza… y los inversores empezaron a desconfiar, no solo de Grecia, sino también del resto de países del sur de Europa.

¿Cómo impactó a Europa la segunda ola de la crisis?

El Gobierno heleno, el italiano, el español o el portugués vieron cómo el inversor empezaba a pedir más dinero por comprar los bonos que esos países emiten para financiar su economía. Fue en ese momento cuando nos familiarizamos con un concepto hasta entonces desconocido: la prima de riesgo. El diferencial de los bonos de los países P-I-G-S —el término peyorativo que usaban en el norte de Europa con los países del sur— con el alemán se disparaba de forma exponencial. En España, se llegó a superar los 600 puntos básicos. O lo que es lo mismo. Si a Alemania le pedían pagar un 1% por prestarles dinero, a España le pedían un 7%. No había forma de que las finanzas públicas aguantaran. Portugal, Irlanda y Chipre fueron rescatados por el Unión Europea. Y España estuvo a punto de serlo, pero los presidentes Rajoy y Zapatero resistieron a las presiones para rescatar al país y se redujo el salvamento finalmente a un rescate bancario con el Gobierno del PP.

¿Qué efectos se observan todavía en la economía?

El desempleo fue el mayor drama que dejó la crisis. Millones de familias en todo el mundo occidental se vieron en la calle, desahuciados de sus casas y con poco que echarse a la boca porque los Estados tampoco estaban para esplendores fiscales. La recuperación económica desde 2014 empezó a aliviar las tasas de paro. En el caso de España, se ha reducido al 15% después de haber llegado al 27% allá por 2013. Pero los españoles, al igual que en el resto de los países que sufrieron la crisis, pagan ahora el peaje de la desigualdad. Gran parte de la recuperación económica se basó en la moderación de sueldos en los niveles más bajos de la población, por lo que la brecha salarial se abrió en gran parte de los países. Tras la crisis, los ricos eran más ricos. Y las clases más humildes accedían al mercado laboral con unos salarios depreciados respecto a lo que se pagaba antes de la crisis.

¿Qué medidas se han tomado para evitar otra crisis similar?

Las entidades financieras, que antes de la crisis concedían hipotecas por el 100% del inmueble como si no hubiera un mañana, son más estrictas a la hora de conceder préstamos. El sector ha vivido un proceso de fusiones que ha creado conglomerados más fuertes y con mayor capacidad de afrontar otra crisis. Y los gobiernos han extremado los controles con los test de stress, un examen que exige un mínimo de capital básico que le permita afrontar impagos imprevistos.



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