Una revolución que excedió lo filosófico


El 5 de mayo de 1818 nace en Tréveris Karl Marx, quien muere en Londres en 1883. Con una capacidad de trabajo realmente sorprendente, Marx fue capaz de testimoniar con gran detalle, a través de su obra periodística, prácticamente todo acontecimiento político que tuvo lugar en los años centrales del complejo siglo XIX durante los que vivió (desde la cuestión de Oriente a la Francia del II Imperio, pasando por la revolución en España, la unificación italiana o alemana, la Rusia de los zares, la acción del imperio inglés y su alargada influencia en el extremo oriente, la Comuna de París, etc.). Además movilizó, como base de su doctrina, una ingente cantidad de referencias bibliográficas, de las disciplinas más variadas, que en ese momento se encontraban en plena eclosión (matemática, etnología, biología, lingüística, naturalmente la historia y la economía política, etc). 

A ello se le añade una frenética actividad política, un activismo que lo llevó a estar en primera línea en buena parte de las movilizaciones protagonizadas por ese actor, característicamente decimonónico, que es el asociacionismo obrero (desde el cartismo al internacionalismo). Un perfil intelectual coronado, finalmente, por su hueco ganado en la Historia de la Filosofía, consagrado –y no es tan fácil– en cualquier manual de esta disciplina, un ancho hueco, además, si añadimos a sus discípulos y epígonos (desde los teóricos de la socialdemocracia, el austromarxismo, la teoría crítica, hasta el freudomarxismo, etc).

Y todo ello, y esto es quizás lo más llamativo, arrastrando unas condiciones de vida muy precarias, casi miserables, siempre asfixiado por una economía doméstica al límite, a punto de naufragar, y que le hubiera llevado a la indigencia improductiva, estéril, si no fuera por su amistad, a prueba de bombas, con el rentista Engels. Probablemente ninguna otra personalidad en la historia de la Filosofía haya producido una obra de tal volumen desde unas condiciones de vida tan menesterosas. Marx no es, precisamente, un ejemplo del dicho latino primum vivere, deinde philosophare, sino que vivió (o más bien sobrevivió) a la vez que filosofaba, no desde la abundancia, sino desde la escasez. 

A Marx no le sobraba nada. Él mismo se lo confesaba con sorna, durante un momento de gran estrechez, a su siempre solícito amigo: “creo que nunca se ha escrito sobre el dinero careciendo de él hasta este extremo. La mayoría de los autores que han tratado este tema vivían en buenas relaciones con el objeto de sus investigaciones” (a Engels, 21 de enero de 1859).



 

Una obra influyente

Pero además, aún en estas condiciones, estamos ante una de las obras más influyentes, no ya de la historia de la Filosofía sino de la historia universal, siendo responsable Marx, junto con Engels, de uno de los documentos más veces editados y reproducidos desde que existe la escritura. Nos referimos, claro, al “Manifiesto Comunista”, una obra, por cierto, que Marx y Engels escriben con apenas 30 y 28 años respectivamente, y de escaso éxito inmediato, pero que a partir de 1864, con la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), tendrá una difusión extraordinaria, que aún dura. El célebre final del Manifiesto, “proletarios de todos los países, uníos” –que recuerda, al menos por su capacidad de movilización, al pasaje evangélico (de San Marcos) “id y predicad a todas las gentes”– ha valido, y aún vale, para desencadenar uno de los movimientos de masas de mayor trascendencia de la historia, al verse comprometidas con él dos de las potencias más poderosas del panorama contemporáneo: la Rusia de los Zares (transformada en la URSS), y el Imperio Chino (transformado en la China Popular). 

Y, sin embargo, la obra de Marx es compleja, incluso muchas veces abstrusa, particularmente “El Capital” o los “Grundrisse”, de una riqueza de referencias apabullante, pero que se ha sabido divulgar bien, a través de una serie de máximas de gran pregnancia social, y que ha valido para defender causas de lo más heterogéneas (desde la revolución jomeinita, en Irán, hasta la teología de la liberación, en Hispanoamérica, por caso).

Reinterpretada o reformulada por Lenin y por Mao, respectivamente, la obra de Marx ha servido, como doctrina impulsora de la transformación de estas dos gigantescas tiranías, por decirlo al modo clásico, en “Estados socialistas”, cuando su condición despótica característica (“el despotismo oriental”) hacía impensable para Marx, y para Engels, el que fuera justo ahí en donde tuviera lugar dicha transformación revolucionaria. 

Es curioso que el marxismo, que nunca supo muy bien qué hacer con el Estado, haya obtenido como resultado, allí en donde triunfó, un aparato estatal de un peso extraordinario. Tanto peso, por lo menos en el caso de la URSS, que hizo que el Estado soviético se hundiese vencido sobre su propia masa burocrática, imposible de reordenar su cuerpo político para enfrentarse a los EE. UU. Si se trataba de “abolir el Estado”, como instrumento de clase, en la previsión de una sociedad “sin clases”, atendiendo al canon revolucionario diseñado por Marx, la URSS cayó, justamente, bajo el peso hipertrofiado de una gerontocracia estatal. Es irónico que un Estado que se había fundado –en el contexto de la Primera Guerra Mundial– como resultado de la previsión del colapso económico necesario del Estado burgués, con la “crisis” del capitalismo haya colapsado económicamente derrotado en su confrontación contra el capitalismo norteamericano. 

La economía, se supone el punto fuerte del análisis marxiano del capital (frente a la economía clásica), fue el punto débil de la URSS. Y es que, creemos nosotros, si bien la obra de Marx tuvo, y aún tiene, un valor importante como crítica a la economía política capitalista, apenas ofreció pautas para la construcción de un Estado socialista, una vez destruido el Estado burgués. Ya el propio Lenin, recordemos, tuvo que improvisar la “Nueva Política Económica”, al no saber bien qué hacer con la propiedad campesina. Sin embargo, a pesar de esta prueba de fuego histórica (la caída de la URSS), definitiva para su doctrina económica, la obra de Marx tiene un enorme interés, pero más filosófico que político o económico.


La vigencia filosófica

Lo que creemos que aún es interesante de la obra de Marx, una vez caída la URSS, es que con él, con su obra, se ha consagrado, y esto lo convierte en una obra definitiva y decisiva, un punto de vista antrópico no espiritualista, dando entrada en la historia de la filosofía, con cierta solidez, a una ontología materialista que destierra definitivamente la idea de un sujeto espiritual (Dios, razón pura, Idea) como dator formarum del mundo, como demiurgo causal de la realidad. 

Con Marx, y el marxismo, el Mundo deja de concebirse como una emanación (creación) de un sujeto divino, tal y como figuraba en la ontoteología tradicional, pero también como un producto de un sujeto transcendental racional, ya bien sea dotado de una razón pura (al modo de Kant) o institucional (al modo de Hegel). En Marx el Mundo es el resultado de la acción productiva de un sujeto antropológico cuyo dotación racional característica nunca puede sobrepasar los límites de su corporeidad (una musculatura estriada, con un sistema nervioso característico, que tiene noticia del entorno a través de un aparato sensitivo determinado). Este punto de vista antrópico, pero no espiritualista, sobre el mundo concebido como una realidad producida (no creada) socialmente –a través de técnicas y tecnologías muy determinadas, que conforman, a su vez , determinadas configuraciones o formas sociales– creemos es la idea que se consagra con el marxismo y en donde este cobra su plena beligerancia como doctrina. 

El valor del marxismo, hoy, creemos, y en donde la obra de Marx merece un conocimiento y un reconocimiento plenos, es precisamente en el terreno filosófico (no tanto en el político ni, menos aún, en el económico), en cuanto que es ahí, en concreto en el plano ontológico, en donde el materialismo marxista se hizo fuerte frente a cualquier concepción espiritualista de la realidad, es decir, frente a cualquier concepción que contemple la posibilidad de la acción de un sujeto espiritual, sea humano o divino, como demiurgo de la realidad. El mundo es un producto de sujetos zoológicos, antropológicamente organizados en grupos (ni adanes ni robinsones), a través de cuyas relaciones de producción (tecnológica y social) se va ampliando el radio de su influencia sobre ese entorno anantrópico, que, poco a poco, se va acomodando. Tampoco es un Yo, el sujeto marxista, que pone el No-Yo (como Fichte), sino que más bien se trata de unos grupos de “yos” que se constituyen como tales a través de su mutua interacción en contacto, tecnológico (productivo, comercial, estractivo, etc) con ese “no-yo”, ese mundo entorno anantrópico, que, además, ni siquiera se agota en dicha negación. 

En este sentido, el marxismo representa un punto de inflexión filosófico decisivo, en el que se muestra que no hay más cera (como constitutiva de la realidad) que la antropológica, una antropología que procede íntegramente, de la zoología. No hay ninguna “inspiración” sobrenatural que ponga en funcionamiento la realidad. Por decirlo con Gustavo Bueno, “al ligar –ya en los ‘Manuscritos’– la idea de objetivación –procedente de la filosofía clásica alemana– con la idea de fabricación –procedente de la Economía política, que a su vez interfería con la Tecnología–, Marx ha situado la idea de Producción al nivel de los principios mismos de la Antropología filosófica” (“Ensayos materialistas”).

Con Marx queda definitivamente fuera, como punto imposible, como punto ahistórico, y por tanto acausal, el punto de vista de un sujeto “sin atributos”, de un sujeto eterno (causa sui), sea humano o divino (o ambas cosas como el sujeto cristiano), en tanto que fuente de la formación del mundo. 

Nadie hoy día, en este sentido, y en definitiva, puede decir, creemos, algo con sentido, desde el punto de vista de la Antropología filosófica sin vérselas, o pasando por alto, la obra de Karl Marx que nació tal día como hoy, hace doscientos años.

(*) Filósofo español. Autor de “1492. España contra sus fantasmas” (ed. Ariel, 2018).




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