Sebastian Spreng: Cantos para exorcizar la catástrofe


El espíritu de la exhibición Sebastian Spreng: Dresden, en el Lowe Art Museum, se despliega como un “racconto” de intensa poética visual, que se remonta hasta un modo de origen y busca arrojar luz sobre el presente. Spreng nació en 1956 en Esperanza, Argentina, un territorio fundado por sus antepasados, inmigrantes alemanes que arribaron buscando un nuevo comienzo, huyendo de hambrunas y guerras. Pero la obra de este pintor y crítico musical sobrepasa el vínculo con el pasado de un solo hombre. Ha invocado siempre el espejo turbio de la memoria colectiva. Sus parajes metafóricos recrean la paradoja que se cierne desde el principio de la historia: el canto a la belleza del mundo entonado por las distintas civilizaciones de la tierra y la amenaza de la destrucción que pende, como un espada de Damocles, sobre cada tiempo.

Dresden evoca un episodio de destrucción deshumanizante: Dresde, la “Florencia del Elba”, castigada por los bombarderos aliados que en febrero de 1945 desataron el infierno, al término de la guerra total contra la barbarie nazi. Spreng presenta su parábola del horror en esta serie pictórica que funciona como una “súplica a la humanidad” para grabar en sus pupilas la memoria de cuanto puede aniquilarla. Su racconto se sitúa así entre la sentencia con la que en el siglo I Séneca evocó a Lugdunum, hoy Lyon, calcinado: “Una sola noche hubo entre la máxima ciudad y ninguna”; y la frase que cierra el ensayo del historiador de arte Nathan J. Timpanox sobre Dresden. Parafraseando a Jorge Santayana escribe: “…Ignorar las sombras de la oscuridad del pasado, nos condena a repetirlas”.

Jill Deupi, directora del Lowe, eligió como preludio un óleo que Spreng hizo a los 16 años: Ruina, el retrato del paraje invernal de otra ciudad calcinada que introduce la estética de la devastación del conjunto de pinturas realizadas en un I-Pad e impresas sobre aluminio; apropiaciones de fotografías de la “ciudad de Goethe y Schiller”, ardiendo. Las imágenes halladas en Internet e intervenidas se suman a otros procesos de transferencia de aterradoras imágenes.

El avance de la distrofia muscular que acompaña a Spreng desde niño y que agudizó tanto la soledad como su emoción estética, le impide usar óleos desde el 2015, tema que mantiene rigurosamente en privado. Pero ciertamente ha logrado verter en sus impresiones digitales la fuerza lírica del sentimiento y la épica de los relatos míticos que servían de fuente a sus parajes al óleo, e impregnarlos ahora con el drama de los paisajes de guerra que evocan los bombardeos sobre poblaciones inermes. Porque Dresden abarca “de Guernica a Alepo”.

Cada obra está enumerada como un Canto evocando a Dante. El infierno empieza en las pinturas del Canto I (Verse I, II y III) que revela, desde el cielo, el resplandor igneo que rodea a figuras humanas convertidas en negras ráfagas en fuga. A modo de un mural histórico se despliegan las pinturas del Canto III al XXVIII: la arquitectura de la destrucción se construye sobre fotografías veladas de archivos digitales de edificios icónicos consumidos por el fuego e intervenidas con tramas que aluden a la contaminación de la historia. Una gama del dorado al negro evoca la fascinación terrible ante la ciudad ardiendo. Timpanox acota certeramente su afinidad con la estética desolada de los lienzos de Anselm Kiefer y con las pinturas borrosas de Gerhard Richter (oriundo de Dresden): “a través de un cristal oscuro” entrevemos “paisajes infernales y apocalípticos” donde antes hubo edificios como la Frauenkirche, iglesia de Nuestra Señora, que colapsó, o el Reichstag, parlamento alemán convertido en una masa humeante y el icónico edificio Semperoper.

En el Canto XIII se desvanece la imagen solitaria y fragmentada de una mujer entre los escombros. Tanto la cuadrícula que aparece en el Canto VIII como ese recurso de las fragmentaciones superpuestas a las arquitecturas de Dresde, evocan la suciedad de la historia. ¿Acaso adivinó el idealista Hegel que su visión dialéctica de esta acabaría desencadenando totalitarismos que calcinarían las páginas del siglo XX? Hoy las tramas suplantan la matriz de la modernidad por la metáfora de la urdimbre perversa del poder que extiende catástrofes de diversas intensidades.

Numerosos Cantos –todos los “versos” de los polípticos del XXX y XVIII, por ejemplo- describen la paradoja entre el horror infringido y la belleza del espectáculo del fuego visto desde esa perspectiva aérea que fascinó a los futuristas: vemos el estallido de tonalidades de los bombardeos sobre Dresde como un juego de líneas curvas, o de luminosos punteados. Pero Spreng se encarga de enturbiar el placer estético y convierte la perspectiva de los campos de flores de Dresde en un goteado sanguinolento.

Las cuatro versiones del Canto XXIX son panoramas aéreos desde donde valles y territorios asolados evocan un leit motiv: “La grieta” que puede ser, como dice Spreng “tierra de nadie”, espacio donde se abisma “la nada”, en una visión antípoda de aquellas obras suyas en las que el esplendor de la cultura cabía en la metáfora del verde valle surcado por un río. Pero también puede evocar la luz que se cuela, como en el políptico del Canto II, abriendo una hendidura en la oscuridad.

“Spreng –sostiene Jill Deupi, directora del Lowe- nos lleva de las profundidades de la desesperación a las exaltadas alturas de la esperanza y la regeneración”. En contraste con los bosques incendiandos del díptico del Canto XXXIII, la obra que cierra el racconto es el luminoso Canto XXXVI: su entramado dorado crea la ilusión del realzado y eleva la visión de la esperanza en forma de un prodigioso árbol. La imagen se conecta a un verso de John Keats: “Alguna forma de belleza remueve la mortaja de nuestros espíritus oscuros”, tanto como a la afirmación esencial que Sebastian Spreng toma de la Sinfonía No 3 de Mahler e inserta en cada serie pictórica: “La alegría siempre es más profunda que el dolor”. No hay que esperar el hundimiento de mundos para protegerla.

‘Sebastian Spreng. Dresden’, en el Lowe Art Museum, de la Universidad de Miami, Stanford Dr.

(305) 284-3535. Hasta el 23 de septiembre.




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