Guillermo Arriaga, el cazador que escribe


Guillermo Arriaga Jordán (México, 1958) el aplaudido guionista de Amores Perros, Babel y 21 gramos (el número exacto de gramos que perdemos al morir) se reconoce como “un cazador que escribe”. Arriaga transpasa a sus textos “ese acecho que es fundamental” para asaetear a la presa en el instante perfecto y transmite la pasión visceral con la que persigue lo que ama u odia hasta poseerlo o aniquilarlo, con el lenguaje. Rinde homenaje a Faulkner, a Martín Luis Guzmán o a Hernando Téllez, pero sabe que sus historias no provienen de una tradición literaria, sino de la pulsión de quien “tiene calle y tiene monte”.

La literatura le desvela más que la fama: se ocupa de que los editores de su reciente novela El salvaje no alteren los espaciados que ha puesto para incorporar caligramas. Dedicó largas horas a textos que se acercan a la poesía concreta por su manejo del lenguaje y el espacio en la hoja. Hay páginas de pocas líneas aparentemente dispersas atadas por un solo grito de rebelión ante la muerte: “la vida es esa línea de luz suspendida entre la nada y la nada”.

El protagonista de El salvaje, Juan Guillermo, hace una invocación desesperada al padre que ha perdido a los 17 años y le pide: “(…) Un Sur/ un Norte/ un Este/ un Oeste,/ un horizonte/ un futuro/ hacia dónde avanzar”. Cada petición ocupa una línea entera. Quizás esta sea su narración más autobiográfica. No porque reproduzca de modo exacto sus circunstancias sino porque el relato de cómo Juan Guillermo pierde a toda su familia en un tiempo vertiginoso y aprende a sobrevivir y acechar hasta cazar a sus enemigos, y finalmente a sí mismo, contiene la atmósfera de la colonia unidad Modelo, donde Arriaga creció.

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Y la pulsación de su ficción viene, como admite, de “haber vivido donde viví”, de las azoteas donde criaban animales, organizaban peleas de perros, “y tenían sexo”, mientras en el mundo de abajo los policías intentaban controlar un laberinto inexpugnable. Aunque Arriaga iba a una escuela privada, se peleó a trompadas hasta perder el olfato, y aprendió a cazar en los alrededores con una aguzada consciencia de que somos también animales. “Era un barrio para oír a Jimmy Hendrix; no a los Beatles”. La novela está armada con los códigos secretos de identidad y territorialidad, de sexo y búsquedas existenciales de los adolescentes de su generación en el D.F. Es peligrosamente creíble. Puede convencernos de que el ”ala paramilitar del Movimiento de Jóvenes Católicos” al que pertenece el antagonista, Humberto, a quien llama “criminal del crucifijo”, con su ejército de “purificados” comprometidos a matar a judíos, comunistas, o ateos, no sólo existe como excepción monstruosamente distorsionada, sino es la regla.

Arriaga confunde su voz con la del narrador cuando sostiene, como una presa entre los dientes, las descripciones de Dios “el banal pretexto de un grupúsculo de asesinos”. Se aferra con ahínco a una definición de la libertad que está por fuera de los dominios de las tribus, en el territorio donde sólo impera la propia ley y donde la ética subvierte sus fronteras: frente a los creyentes fanáticos, se levanta Carlos, quien inventa un negocio con funciones piscodélicas para explotar a los burgueses, lector infatigable que acampa por fuera de la tribu y desafía al corrupto “sistema judicial mexicano” que encarna el policía Zurita. En en este personaje en donde mejor se refleja la convicción de Arriaga sobre la verdad humana de la contradicción.

El argumento se desarrolla de tal modo que al final lleva al lector a comprender cuanta razón tiene el personaje del viejo Simón cuando afirma: “El deseo de venganza envenena el alma; el deseo de justicia la salva”. Lo cierto es que hay una deidad que Guillermo Arriaga admite: “el insondable dios” que llama al cazador mestizo Amaruq en la figura de un lobo. Aparece en una estructura narrativa paralela a la de Juan Guillermo, quien a su vez acabará aprendiendo a domesticar a un lobo que lo llevará muy lejos de su origen para encontrar paradójicamente lo que es. Ese dios que encarna en el animal que es su doble se llama “Nujuaqtutuq”: el salvaje en inuit. Siguiendo los códigos de la caza y los consejos del arte de la guerra de Sun Tzu, Guillermo Arriaga entrelaza dos argumentos paralelos de mundos distantes geográfica y culturalmente, que acabarán por converger de un modo sorprendente y perfecto en su estrategia narrativa.




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