Con un libro celebra el extraordinario trabajo de su fallecida esposa


Cuando era pequeña, la doctora Grace S. Wolff soñaba con ejercer el sacerdocio. Cuando las monjas en su escuela le dijeron que eso no podía ser porque era una niña, le restó importancia y decidió que sería doctora. A la edad de 11 años, Wolff sabía que su propósito era ayudar a las personas, y eso fue exactamente lo que hizo.

Aunque tarde, la cardióloga pediátrica completó su beca en el Boston Children’s Hospital de la Universidad de Harvard antes de ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami. A lo largo de su carrera, Wolff fue pionera en procedimientos de diagnóstico y tratamientos para diversas afecciones cardíacas, y aportó su conocimiento a la Junta Estadounidense de Pediatría (ABP).

“Se interesaba tanto por sus pacientes que acompañaba a un enfermo a la Clínica Mayo si era necesario. No recibes ese tipo de dedicación de cualquier persona”, dijo una colega y amiga de Wolff, la doctora Dolores Tamer.

Figura prominente en la comunidad pediátrica, Wolff no tenía la intención de casarse. Eso estaba fuera de discusión. Cuidar a los niños era su pasión, su prioridad… hasta que conoció a Armando Pérez.

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Armando I. Pérez, ingeniero retirado que vive en Coral Gables, publicó un libro dedicado a la labor de su fallecida esposa, la doctora Grace S. Wolff.

Cortesía Miami Herald

“Ella dijo que siempre había querido tener a alguien: una buena persona para ir a cenar y al cine, pero no para casarse. Pero con mi perseverancia la convencí de que podíamos tener una relación amorosa y un matrimonio, y al mismo tiempo poder cuidar a los niños enfermos. De hecho, las cosas serían sinérgicas”, dijo Pérez, un ingeniero medioambiental retirado.

Cuando en el 2015 Wolff murió a los 77 años de ALS (enfermedad de Lou Gehrig), le tocó a Pérez buscar inspiración. Mientras revolvía las viejas fotos y notas de su esposa, Pérez decidió llorar su pérdida de una manera diferente, al escribir Mending Children’s Broken Hearts (Sanando el corazón roto de los niños), un libro sobre el trabajo de Wolff.

“Creo que una cosa importante en el libro es brindar consuelo a las familias y hacer que se sientan menos ansiosas. Y sobre todo dar consuelo a las madres, muchas madres, que [Wolff] dijo se sentían culpables porque pensaban que habían transmitido un defecto genético a sus hijos”, dijo Pérez, de 72 años.

Wolff creía que atender el trauma emocional que conlleva ser un niño enfermo (o un familiar de un niño enfermo) era tan importante como los tratamientos que recibían sus pacientes. Con cada paciente, Wolff usó su personalidad afectuosa y su naturaleza espiritual para hacer que el tiempo que pasaban en el hospital tuviera el menor estrés posible.

“Ella trajo mucha categoría al departamento en Miami. Fue honesta, muy inteligente y trató de conocer todo lo que podía ayudar a sus pacientes”, dijo Tamer. “Fue un modelo a seguir para casi todos. No pude seguirle los pasos a su dedicación, pero sí pude admirarla”.

Mientras Wolff navegaba los altibajos de su carrera, junto a ella también lo hacía Pérez.

Entre las muchas exitosas historias de Wolff, Pérez observó con cariño la de Frank Conklin, ahora bombero y electricista de Key Largo que fue a la consulta de Wolff con estenosis aórtica cuando tenía tres años; esta condición inhibe el flujo sanguíneo del ventrículo izquierdo a la aorta.

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La doctora Grace S. Wolff y Armando I. Pérez de vacaciones en un hotel de Madrid donde años antes habían pasado su luna de miel.

Cortesía para el Miami Herald.

“Mis padres no tenían dinero ni seguro de salud en ese momento, así que la doctora Wolff tomó las decisiones. Ella nos ayudó a superar la carga financiera. Cuando se cerraba la puerta en la sala de examen, me sentía como si fuera su único paciente. Se tomaba más tiempo del que probablemente necesitaba para escuchar un relato personal. Era como si tuviéramos un cardiólogo propio para la familia”, dijo Conklin.

La relación de Conklin con su médico de toda la vida fue tan fuerte que durante los últimos meses de Wolff, Conklin se sentó a su lado día tras día, sosteniéndole la mano y dándole las gracias por sus muchos años de servicio y amistad. Cuando Conklin pudo ver el libro terminado de Pérez, dijo “fue como un regalo de Navidad”.

“Estoy muy conmovido por el hecho de que Armando, a pesar de su dolor, decidió hacer esto: armar el libro. Debe haberle tomado mucho tiempo recopilar notas, escribirlas. Si ves el libro te darás cuenta de lo que quiero decir”, dijo Blanca Silva, una amiga de mucho tiempo de Wolff y Pérez.

El libro no solo sirve como una fuente de consuelo para las familias con niños enfermos, sino que también le da paz a Pérez para lidiar con la muerte de Wolff.

Al adentrarse cada vez más en su trabajo, Pérez dijo que aprendió cómo “manejar la desgracia con un espíritu positivo”.

“Me siento muy, muy honrado de haber sido su compañero de vida”, dijo. “Soy muy privilegiado, así que pensé que lo menos que podía hacer para honrarla era escribir un libro”.




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