Artemisa, una provincia por decreto estatal


A las diez de la mañana, en el paradero de ómnibus de la Calle 100, en Marianao, municipio al oeste de La Habana, el calor de plomo se combina con una humedad pegajosa y molesta.

Raineris, un moreno con voz de barítono, pone sus manos en forma de bocina y anuncia: “Camión hasta Artemisa por la Autopista Este-Oeste, pasa por Guanajay. Veinticinco cañitas por cabeza, se acabó el abuso señores”, dice el buquenque y hace una pausa para acabar de devorar un par de muslos de pollo que compró en un café particular.

“Cada vez que lleno un vehículo, el chofer me ‘salva’con diez pesos”, dice Raineris. En la terminal arriban añejos ómnibus de empresas estatales, ensamblados en Cuba, a recoger pasajeros para cualquiera de los once municipios artemiseños: Artemisa, Alquízar, Bahía Honda, Bauta, Caimito, Candelaria, Guanajay, Güira de Melena, Mariel, San Antonio de los Baños y San Cristóbal.

Casi todo el transporte es particular. El viaje en un auto dura hora pico y te puede costar 60 pesos. Si vas a Bahía Honda o San Cristóbal, municipios que antes pertenecieron a la provincia Pinar del Río, se dispara hasta 150 pesos o más.

La provincia de Artemisa, surgida a partir del 1 de enero de 2011, como parte de un experimento político-administrativo del gobierno de Raúl Castro, con la intención de observar el desempeño de los órganos administrativos del Estado y el Poder Popular, desmembró en dos a la otrora Habana Campo.

Mientras el Chevrolet azul prusia con carrocería de 1957, caja automática y motor de Audi alemán, supera los 120 kilómetros por hora en algunos tramos de la autopista, Diego, taxista privado que reside en el poblado Las Cañas, Artemisa, asegura que su padre le contó que la creación de esta provincia fue un viejo anhelo de Ramiro Valdés, nacido en Artemisa, de donde salieron 28 de los asaltantes al Cuartel Moncada: “La idea le cuadró a Raúl, porque en el puerto del Mariel ellos tenían pensado crear una zona especial de desarrollo. Entonces partieron en dos la vieja provincia Habana: Artemisa y Mayabeque”.

“En siete años, a decir verdad, la mayoría de los artemiseños no notamos ningún beneficio por habernos convertido en provincia. La gente ni se lo cree. Si existen beneficiados son las instituciones del Estado, que ahora dicen que trabajan con la mitad de la gente y ahorran en combustible, dinero y otros gastos materiales. Pero el pueblo no ha ganado nada. Los precios de la comida, a pesar de ser la provincia con las tierras más fértiles de Cuba, son tan caros como los de La Habana y tenemos las mismas carencias de agua, casas y bajos salarios que cualquier provincia cubana. Incluso perdimos hasta un equipo de pelota de calidad que teníamos, La Habana, y que fue campeón nacional”, concluye Diego.

Después de pasar Bauta y Guanajay, terruño de la compositora María Teresa Vera, por un viaducto de dos carriles se entra a la cabecera de la nueva provincia. En la avenida, bautizada Los Mártires, cada diez metros se erige una cursi estructura de cemento en forma de cruz con el rostro de los jóvenes artemiseños que perdieron la vida en el asalto al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, descabellada operación militar liderado por Fidel Castro el 26 de julio de 1953.

Artemisa no tiene ínfulas de provincia. Es un pueblo de casas bajas y sin muchas pretensiones arquitectónicas. Las calles están más limpias que en La Habana, pero en los agromercados la carne de cerdo y los vegetales cuestan tan caros como en la capital. “Eso no hay quien lo entienda mi’jo, un aguacate 12 pesos y 15 pesos la libra de tomates, cuando todo eso se produce a medio kilometro de aquí”, se queja una señora que escoge aguacates en una tarima.

Cuando se le pregunta a Niurka, enfermera jubilada ¿qué cosa positiva tiene ser provincia?, responde: “Yo no noto el beneficio. Mi chequera sigue siendo de 200 pesos, no puedo comprar materiales de la construcción para reparar mi casa y en Artemisa se producen más apagones que en La Habana. El gobierno no consultó con la población para ver si queríamos dividir la provincia. Antes, todas las instituciones del Estado radicaban en La Habana, ahora tendrán menos burócratas del partido y el poder popular, pero han puesto las sedes en casas que se les podría entregar a los que la necesitan”.

En el parque principal del pueblo un grupo de personas se conecta a internet mediante conexión wifi. Por los alrededores se localizan varias cafeterías particulares y centros gastronómicos estatales. “Artemisa por la noche parece un cementerio, es un lugar ‘muerto’. Hay dos discotecas, pero no son muy concurridas. Los tipos de billetes, que tienen fincas o negocios, van a vacilar a La Habana. La gente joven cuando tiene dinero, también prefiere ir a La Habana”, comentan dos estudiantes de preuniversitario que revisan su muro de Facebook.

A un costado del parque, contiguo a la iglesia, radica la pizzería O Sole Mio. Bueno, de italiano solo tiene el nombre. Los precios son asequibles. Una pizza hawaiana 9.10 pesos y una ración de espaguetis con chorizo, 7.10. El local es un salón empercudido y oscuro con sillas de hierro y mesas con manteles rotos de hule.

El capitán del salón, con cara de resaca alcohólica, amablemente me pide que no tire fotos. “No, no es una unidad militar ni tiene cartel que prohiba tirar fotos, pero si quiere tirar fotos de la pizzería tienes que tener un permiso del consejo de administración, que está a dos cuadras de aquí”.

Y por si no bastaba su explicación, aclara: “Solo puedes tirarle fotos a la tablilla del menú”. Burocracia en estado puro. Siempre me he preguntado por qué Italia no le ha declarado la guerra a Cuba por mancillar su comida nacional.

Un matrimonio residente en la Calle 52 señala que “paladares particulares solo existen dos o tres. La mayoría de los restaurantes son estatales y no se los recomendamos a nadie. Lo que abundan son cafeterías que venden pan con jamón y pizzerías privadas. Este pueblo es más bien aburrido, la zona más concurrida es el boulevard”

La mayoría de los artemiseños todavía no se creen que sean una provincia. “Pregúntale a una persona de Candelaria o Bahía Honda, si se siente artemiseño o pinareño. Este invento de crear dos nuevas provincias nadie lo entiende”, expresa un señor sentado en un sillón en el portal de su casa.

El boulevard son tres cuadras, donde se concentran las tiendas y cafeterías en divisas. El único hotel del pueblo se llama Campoamor. Rubén, vecino del Mariel, uno de los municipios de Artemisa, permutó su casa de Güira de Melena pensando que en la zona de desarrollo económico tendría más futuro.

Vista de Artemisa. Foto Iván García.

Vista de Artemisa. Foto Iván García.

“Soy arquitecto. No trabajo en empresas del Estado. Hago diseños, interiores y exteriores a particulares. Pensaba que en el Mariel, por el puerto, futuros negocios y rumores de que La Habana iba a crecer hacia allí, permuté para el Mariel. Pero aquello está más apagado que Artemisa. Todo lo que concierne al puerto e inversiones extranjeras lo manejan empresas militares. Solo puede pasar personal autorizado”, subraya Rubén.

Tanto en Artemisa como en Güira de Melena o Alquízar, viven campesinos privados conocidos como ‘finqueros’ que han ganado mucho dinero trabajando la tierra y aprovechando los altos precios de los alimentos.

Llamémosle Jesús y ronda los 60 años. Construyó dos chalets en las afueras de Artemisa con todas las comodidades de un país del primer mundo. Asombra ver las dos residencias en medio de la nada y rodeadas de tierra rojiza.

“En una de las casas vivimos mi esposa, mi hija y yo. En otra, mi hijo su mujer y dos hijos. Y ya estoy pensando construir otra casa, pues mi hija tiene planes de casarse. Todo esto me lo he ganado trabajando la tierra. Fue una bendición que mi padre nunca quiso entregar su parcela al gobierno. Antes de sembrar cualquier cosecha, ya tengo todo el campo vendido. He comprado dos tractores, un par de camiones y tres autos. He crecido en el negocio metiendo cabeza. En época del mango, por ejemplo, compro todos los mangos que pueda, los lasqueo y los guardo en uno de los tres antiguos contenedores reconvertidos en frigoríficos. Luego los revendo a precios más elevados a los dueños de paladares particulares”.

Su vida social la hace en La Habana. “Artemisa es la que me proporciona el dinero. Pero lo gasto en La Habana, Varadero y los cayos”, dice risueño. Personas como este campesino boyante son minoría.

La mayoría de los artemiseños vive igual que el resto de los cubanos, con la escasez superando al bienestar. Y sin acabar de creerse de que un buen día, hace siete años, los convirtieron en provincia por obra y gracia de un decreto estatal.




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